No me llames sorda

Aunque su madre dice que no le molesta el término de sordo, Raquel intuye que esa palabra no es muy de su agrado. Ella prefiere decir que ha perdido algo de oído. Con frecuencia el tono y el matiz de la palabra sordo se emplea con cierto desprecio. A veces ella se refiere a sí misa como “la sordita”. Pero solo en ambientes de mucha confianza. “Las mujeres tienen la ventaja de que con el pelo largo pueden disimular sus aparatos —confiesa Raquel—. En el caso de mi madre no sé si pesa más la coquetería o la intención de que no conozcan que no oye bien”.

Tras la pérdida de audición, la madre de Raquel ha pasado a formar parte de una nueva comunidad de personas, con la misma dignidad que el resto. Sin embargo, ha podido confirmar que existe mucha falta de respeto, que los prejuicios se mantienen en la sociedad española, que la palabra sordo muchas veces implica algo más que diferencia. A Raquel no le preocupa en exceso porque el entorno de su madre la trata magníficamente, pero nadie está libre de encontrarse con algún cafre cualquier día.

“Sigo siendo yo, lo que pasa es que ahora oigo mal”. La madre de Raquel se defiende de esa visión discriminatoria que tiende a pensar que la falta de alguna capacidad nos rebaja en la categoría de persona. A Raquel le da mucha rabia que tal vez se ha encontrado con alguien que se haya reído de ella o tratado mal. “Y tal vez le haya pasado, pero no se ha dado cuenta —piensa Raquel— pero es tan optimista que estoy segura de que archiva lo poco malo que haya podido sufrir”.

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