Reírse de un sordo

Siempre fue una persona sociable. En la infancia y juventud no le costaba hacer amigos. No era precisamente un chico tímido, lo que favorecía sus relaciones con el mundo exterior. Hasta que llegó aquella nube, que en un principio no supo admitir. No sucedió de hoy para mañana, pero poco a poco Guillermo se fue refugiando en las cuatro paredes de su habitación. La influencia de sus padres y su decisión de salir de su especie de encierro favorecieron que se enfrentara a la pérdida de audición.

Tuvo que acostumbrarse a llevar los audífonos. Según dice él a olvidar que los llevaba puestos para no “cortarse”: ni en los sucesivos trabajos que encadenó ni en su vuelta a la vida social. Algunos de sus amigos de juventud, de la pandilla, le acogieron con los brazos abiertos en esta nueva etapa de su vida. Retornó entonces a los conciertos de música, a las fiestas, solo cuando su actividad laboral se lo permitía.

Guillermo justifica la prevención de los primeros momentos no tanto por él sino por algunas reacciones que sufrió. No sabe si estaba especialmente precavido y desconfiado, pero creyó notar que alguna chica le esquivaba en cuanto se percataba de que llevaba audífonos. No fue algo que le sucediera de continuo, pero si generó una cautela. Él piensa que hay gente que se ríe de los sordos. Afortunadamente el tiempo le ha demostrado que la normalidad preside los actos de las personas con las que se cruza.

Así, de la manera más normal conoció a Clara en un local donde presumen de pinchar solo música española. Tras un noviazgo de un año decidieron unir sus vidas. Hoy les acompañan sus dos hijos en esta tarea que consiste en seguir adelante.

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