A un colegio normal

Roberto agradece la decisión de sus padres de llevarle a un colegio de normooyentes. Esa ha sido siempre la línea seguida: el implante coclear sirve para enfrentarse a la vida con las mismas posibilidades que las personas que no sufren una discapacidad auditiva. Ahora lo puede asumir y verbalizar. Entonces solo hacía caso de las indicaciones familiares.

Entre sus compañeros había algunos amigos de la urbanización donde residía. La adaptación apenas duró. No se encontró con ningún gracioso, al menos que lo recuerde. Y todo fueron ayudas. Se encontraba tan a gusto que a veces se olvidaba de que llevaba un implante coclear. Tanto los profesores como los alumnos le consideraban un buen muchacho.

Su capacidad para seducir, su amabilidad, que tantos éxitos le han procurado en sus relaciones, no le restaron ganas para enfrentarse a los estudios casi con fiereza. Competía consigo mismo. Cuando llegaban las evaluaciones y algún otro compañero le superaba en sobresalientes torcía un poco el gesto. Pero pronto se le pasaba el enfado y le valía el suceso como estímulo para intentar superarse.

Lo tuvo muy claro desde el principio. No iba a ser un portento en el fútbol, pero tampoco iba a dejar de practicar ese deporte en el recreo. Los que preferían otros juegos no gozaban del prestigio de la normalidad. Así que Roberto, tras negociación con sus padres, decidió quitarse las partes externas del procesador antes de cada partidillo. Además, llevaba como protección un casco de rugby. No le molestaba demasiado en verano pero cuando el calor apretaba era un incordio. Nunca tuvo un golpe del balón que le afectara. Sus recuerdos futboleros son agradables por que el balompié le permitió estrechar lazos con sus compañeros.

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