¿No ves que soy sorda?

A Blanca no le gusta trabajar cara al público: “Serán los miedos infantiles a no entender a los demás, a no oírlos bien. Además, no me gusta tener que usar la lectura de labios. Aprendí a hacerlo, pero prefiero que no haya necesidad de recurrir a ello”. Afortunadamente para ella, en su trabajo prácticamente no tiene contacto con gente externa a la empresa.

Ella desempeña su labor catalogando informes y documentos. Es un quehacer un tanto solitario, pero no le importa. “A veces me puedo pasar mi jornada completa sin apenas tener que hablar con ningún compañero -explica Blanca-. En otras ocasiones la conversación se ciñe al teléfono. He aprendido a encontrarme bien en la soledad. No lo echo de menos”.

Pero Blanca no es solitaria. Le gusta el trato con los demás. Simplemente es que sabe sacar provecho de los momentos personales. Ella no duda ni un momento en acudir a las celebraciones. Por ejemplo, cuando se acerca la Navidad los compañeros suelen montar una fiesta. Cada uno lleva un producto de casa o lo adquiere en el supermercado. Al final se terminan dando un buen festín. Aunque no siempre acaban bien. En cierta ocasión, un chico excesivamente eufórico se dedicó a mojar con cava las cabezas de los que le rodeaban. Y Blanca era una de ellas. Aunque no le cayó mucho líquido.

— ¿No ves que soy sorda? —exclamó Blanca, muy enojada.

Pues no. No lo vio porque no todos en la empresa lo saben. Ella procura que no se le noten. Nada más sentir la humedad, apagó los audífonos, retiró la pila y la secó. El patoso pidió disculpas y Blanca volvió a su despacho a recoger sus cosas y marcharse a casa. Al día siguiente todo regresó a la normalidad. Ya todos en la oficina conocen que tiene problemas de audición.

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