Se me cae el audífono

Ella piensa que si no se habla de las cosas no existen. Actúa como aquel enfermo que evitaba nombrar su dolencia para así alejarse de ella. Se resiste a cualquier cambio porque “no es el momento”. Su mejor argumento es que “tiene que cambiar el tiempo”. Y es que el frío, la lluvia o los días nublados la paralizan. Su hija Susana cree que si pusiera toda la energía mental en buscar soluciones a los problemas en vez de en encontrar excusas para todo, le iría mucho mejor.

Entre los pocos asuntos con los que bromea María se halla su pequeñez.

— Yo soy pequeña. Mis encantos, como el perfume, están en frascos diminutos. Manos pequeñas, pies pequeños…

En alguna ocasión se le ha caído el audífono. Cuando recuerda alguna de esas veces lo relata como consecuencia de sus “peculiaridades”.

— Claro, como tengo el oído pequeño no entra bien y se me cae.

En su intento de retrasar el nuevo audífono ha llegado a decir que “para qué lo va a encargar, si lo va a terminar perdiendo”. Su otra hija, Laura, opina que su madre está bastante molesta porque a otros amigos de su edad que usan audífonos les va estupendamente.

—En vez de aprovechar para poder llevar una vida placentera como sus amigas, entra en bucle con la afirmación de que a ella los audífonos no le sirven para casi nada.

Como la primavera aún está lejos para que María entre en fase de optimismo, Susana y Laura han decidido que le van a dar un ultimátum. No es la primera vez. Saben que a veces hay que exagerar para que su madre termine actuando correctamente.

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