La caza y la sordera

Un reciente estudio ha revelado que el 54% de los cazadores sabe que existe una estrecha vinculación entre el ruido de las escopetas y la pérdida de audición. Pero no parece importarles las consecuencias. Entre aquellos que reconocen el riesgo de la sordera, un 64% ha decidido obviar el uso de sistemas de protección.

Las causas son variadas. El 30% afirma que no se siente cómodo cuando apunta y no oye los sonidos del entorno. El 24% lo desestima por su alto precio. El 14% dice que los sistemas de protección hacen sudar. Y el 12% no sabe de la relación entre exposición a ruidos extremos y sordera.

La Organización Mundial de la Salud explica que durante la práctica de la caza se llegan a superar los 150 decibelios. La llamada “sordera del cazador” es un daño crónico en el oído interno tras la exposición a sonidos traumáticos que exceden los 80 decibelios. Resulta fundamental adoptar medidas de prevención entre los muchos aficionados que hay en España.

Desde “Clave, atención a la deficiencia auditiva” aconsejamos a los cazadores que extremen el cuidado de sus audición y se protejan del daño que causan los disparos. En muchos casos, la pérdida auditiva derivada de esta práctica suele ir asociada con la edad. Las células ciliadas de la cóclea, que responden a las frecuencias altas del sonido, son las más afectadas por los disparos. Por eso se da una pérdida auditiva en las frecuencias agudas.

La mejor prevención consiste en usar protectores: pasivos, como los tapones, o activos con filtros que permiten al cazador oír los sonidos del entorno y protegerle ante el ruido del disparo. Lo mejor es acudir a un centro de adaptación protésica, como la Fundación Oír es Clave, donde se pueden adquirir protectores acústicos adaptados a las necesidades personales de cada uno.

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