Con la tele a todo trapo

Raquel suspira antes de hablar. Quiere ser comedida, que no le puedan los malos momentos, esos instantes al borde de la discusión, de la incomunicación. “Afortunadamente, ahora estamos mucho mejor. Tardó mi madre en hacerme caso y consultar con un especialista. Gracias a los audífonos nuestra relación ha cambiado. Y bastante”, explica Raquel.

La madre de Raquel vive sola hace más de quince años. Aunque sus hijos están muy pendientes de ella, no es lo mismo compartir el día a día que verte de vez en cuando: “Así es más difícil darte cuenta de los pequeños cambios. Nosotros no nos dimos cuenta de que estaba perdiendo oído. Al principio, claro”.

Las alarmas se dispararon con una disputa vecinal. Raquel y su hermano se encontraron de la noche a la mañana con un panorama en casa de su madre desconocido hasta entonces. “Jamás en la vida -afirma Raquel- hubo en el domicilio familiar un problema con ningún vecino. Estábamos extrañados y también asustados por mi madre”.

¿Cómo comenzó todo? Al lado de la madre de Raquel vivía una muchacha joven. Llevaba unos dos años en ese piso. Y nunca habían saltado chispas. ¿Qué es lo que había cambiado? Según relata Raquel, su madre tenía que soportar cómo aporreaban las paredes pidiendo silencio. Asustada, la madre no se atrevía pedir explicaciones, pero tampoco a dirigirse a la comunidad de propietarios.

Antes de dirigirse a la vecina, a Raquel se le ocurrió presentarse una tarde-noche por sorpresa en el domicilio de su madre: “Entonces me di cuenta. Tenía la televisión a todo trapo porque a un volumen normal no se enteraba de nada”. Tras disculparse con la vecina, convenció a su madre para que se hiciera unas pruebas. Ya habían localizado el problema.


Esa es la actitud

Es una de las ventajas de tener muchos amigos y tiempo para disfrutar de la vida. Jubilado tiene la misma raíz que júbilo, palabra que significa alegría. “Lo importante es llegar bien. A mí me ha fallado el oído, pero tengo ganas de pasármelo bomba”, aclara María sobre su tiempo libre.

En verano le gusta marcharse a Galicia. Hay años que pasa julio, agosto y septiembre en esas tierras: “Así me libero un poco del calor de Madrid, estoy en la playa y me dedico a nadar y a pasear. Para nadar me quito el audífono. En el mar no lo necesito. Allí estoy en la gloria”. Pero como tiene amigos por toda España se permite viajar con regularidad a distintos enclaves de la geografía: “Busco el mejor clima, allá donde me encuentre mejor”.

La botella en su caso está un poco más que medio llena. María es una optimista patológica, a la que su discapacidad auditiva y otros achaques no le restan las inmensas ganas de seguir disfrutando de la vida: “No voy a perder el tiempo quejándome por las cosas que no funcionan. Tampoco me voy a conformar. Todo lo que podamos cambiar hay que luchar para modificarlo. Y sobre lo que no se puede no debemos pasar la vida lamentándonos”. Esta actitud genera entusiasmo entre su familia. Sus hijas se alegran de su vitalismo, y la ponen como ejemplo.

“Pero que nadie piensa que no me afecta oír bien -explica María-. Ojalá el audífono funcionara mejor y me sintiera capacitada casi al cien por cien. Es una faena perder audición. Lo que pasa es que yo no me voy a venir abajo. Hay que afrontarlo todo con la mejor de las sonrisas, pero siendo consciente del problema”.


Hay personas que hablan para el cuello de la camisa

María ejerce de optimista contagiosa y es algo de agradecer: “No recuerdo ningún momento malo derivado de mis problemas de audición. Como soy una persona muy abierta cuando no me entero de algo lo pregunto. Por ejemplo, el otro día en el médico, le dije que hablara un poco más alto. La verdad es que hay personas que hablan para el cuello de su camisa”.

El balance de estos cinco años con audífonos en lo que se refiere a consultas con el otorrino es positivo: “Con los médicos mi relación es bastante buena. Hace poco estuve en una revisión, pero reconozco que no voy todo lo que debiera. A otros especialistas, sí. Son cosas de la edad. Tenía mareos. Yo llegué a pensar que eran vértigos. Me miró los oídos y me quitó un tapón precisamente del que oigo mal”.

Aunque María es una mujer fuerte y segura de sí misma, echa de menos los tiempos en que oía perfectamente. Por eso a veces se pregunta si con una operación habría solución. No le importa fantasear con un implante coclear, aunque no sabe si podría realizárselo: “Si fuera posible me tendrían que dar muchas garantías. Me genera muchas dudas personales que debería resolver”.

“A mis años todo son problemas. También tengo la vista cansada para leer -explica María-. Y está mi problema con los audífonos, que no estoy contenta con ellos. Mis amigos que los usan están plenamente felices. Yo con ellos no oigo bien. Espero que pronto den con la tecla. No pienso parar hasta estar plenamente satisfecha”.


El apoyo de los amigos

Con respecto a la manera de afrontar la pérdida auditiva “hay gente pa’tó”. Esta expresión se relaciona con el encuentro entre el torero Rafael Gómez Ortega “El Gallo” y el pensador José Ortega y Gasset. “Tié q’haber gente pa’tó”, dicen que dijo el diestro al enterarse de que Ortega era filósofo y se dedicaba a pensar.

María es de esa opinión, porque en su entorno se encuentra con reacciones muy distintas, unas más saludables que otras. Ese amigo que con sus audífonos se declara feliz de la vida, ejemplo ante adversidades, se ha convertido en un referente: “Él está mejor que yo, completamente adaptado a los aparatos. Y da mucha fe comprobar lo bien que se siente”.

Otra situación bien distinta es la de su amiga E.: “Es muy consciente de que no oye nada bien, pero no hace nada para evitarlo. Como vive en un chalé, usa una sala en el sótano para ver la televisión. Allí la pone a todo trapo. Con sus hijos no puede verla en el salón principal porque no se entera”. María sabe que E. no puede seguir actuando de esa manera, no solo por su salud, también por sus vinculaciones familiares: “Dentro de poco tiempo nadie de los suyos la hará caso. La comunicación resulta muy difícil”.

La ayuda mutua, los consejos… así es más fácil el camino. “La que me acompañó a hacerme las pruebas -explica María- fue otra amiga, sorda de un oído y bastante de otro. Tiene una enfermedad que hace que se le deshagan los huesos del oído. A mí me ayudó bastante tener su apoyo”.


Me da rabia no oír bien

En su caso la pérdida auditiva está asociada al paso de los años. Lo ha asumido con serenidad y elegancia. Que le gustaría no tener que usar el audífono. Pues claro. Pero en estos cinco años ha seguido haciendo su vida, sin cortapisas. Sobre todo, porque María es una mujer firme, con las ideas claras, que no se viene abajo con facilidad por los reveses, que siempre está dispuesta a sacar el mejor partido de las cosas.

Se siente arropada por sus dos hijas: “La relación familiar no ha variado prácticamente. Sigo teniendo una comunicación fluida con ellas cuando estamos juntas. Además, la tecnología ayuda bastante cuando no estamos cerca. El whatssapp es maravilloso, aunque siempre resulta mejor el cara a cara”.

Pero no todo es de color de rosas. María sabe que las monedas tienen dos caras. Aunque en su caso suele caer cara, no faltan esos momentos que echa en falta una capacidad de oír como la que tenía antes: “En ocasiones, en alguna reunión no me entero de lo que se habla. Igual se están dirigiendo a mí y no me doy cuenta. Necesito que alguien me repita lo que se está diciendo”.

La parte negativa es la imposibilidad de que la comunicación sea siempre perfecta: “A veces mi hija Susana se queja de que le contesto otra cosa distinta a lo que me ha preguntado. Son pequeños roces sin importancia y nunca nos llegamos a enfadar, pero me da rabia no oír. Yo intento ser positiva, pero no siempre nos puede salir todo rodado al cien por cien. Hasta ahora me he librado de trances angustiosos relacionados con mi pérdida auditiva. Y si llega lo afrontaré para superarlo”.


Mucha gente oye mal y no lo dice

Ahora toca disfrutar de la vida. Es el mayor empeño de María, a quien le ayuda en su propósito su carácter vitalista: “Hago un par de cursos al año y sobre todo salgo mucho. Tengo varios grupos de amigos y días para elegir con quién salir. También quedo con compañeros de los cursos”.

Las posibilidades que genera el planeta ocio favorecen los gustos de María: “Me encanta nadar. Voy a al mar y a la piscina. Antes acudía con más asiduidad a las piscinas climatizadas en invierno, pero ahora me da pereza. Por supuesto, para nadar me quito el audífono, aunque hubo una ocasión, en la piscina de la urbanización de mi hija, que no me di cuenta. Menos mal que lo advertí al poco tiempo y que no llegué a mojarlo”.

El cine y el teatro son otras aficiones de María: “La acústica de las salas suele ser buena. Yo no tengo problemas salvo que el audífono falle en ese preciso momento, que a veces sucede. Entonces me puedo enterar de la película a la mitad”.

Aunque intenta hacer una vida normalizada María se topa con algún suceso que le recuerda que tiene una pérdida de audición. “Me he apuntado a un curso de relajación. No me queda otra que sentarme al lado de la profesora porque tiene una vocecita tenue. Ella lleva pinganillo con un pequeño altavoz, pero no siempre funciona. A veces tiene que dar un golpecito al aparatito. Por si acaso me siento a su lado por si no la oigo. Pero no soy la única persona. Yo llevo audífonos, pero me ha dado cuenta de que hay muchísima gente que oye mal y no lo dice”.


Mi audífono pita

María ha cumplido. Después de trabajar en el área administrativa de distintas empresas le ha llegado el tiempo de la jubilación. Nunca tuvo ningún problema relacionado con la salud auditiva. Hasta hace cinco años. Primero fue un herpes. Una vez curada, el otorrino pensó que se recuperaría, pero no fue así. En uno de sus oídos tiene una pérdida del 40%. Y según el médico no tiene nada que ver con el herpes. “Más que no oír -dice- lo que me pasaba es que no entendía. Si no vocalizan o hay nitidez perdía mucho. Ahora no me fijo en la lectura de labios, pero me gustaría aprender a hacerlo”.

Por eso lleva un audífono, aunque hay días que no lo utiliza. Explica que para el tú a tú se puede defender. Pero también pone otros ejemplos: “Si estoy en la cocina y suena el teléfono a lo mejor no me entero. Por eso me llevo el inalámbrico. Si tengo puesto el aparato sí lo oigo”.

Está en un momento de incertidumbre: “No oigo muy bien. No me da buenos resultados. He ido varias veces al centro de audiología. Me cambiaron a otro mejor. De repente empieza a pitar, en el cine o en la calle… piiiiiiiiiiiiiii. Hay veces que estoy en el cine y me lo he tenido que quitar. La gente del cine oye ese pitido. A lo mejor yo no me entero mucho, pero los demás sí. Cuando se va a terminar la pila te avisa con una campanita. Yo siempre llevo pilas en el bolso”.

Sabe que tiene que encontrar el punto adecuado para beneficiarse del audífono. Aunque de momento no tiene mucha suerte: “La semana pasada fui al cine y en mitad de la película me dejó de funcionar. No me enteré de mucho”.


Muchos oyentes también son desconfiados

Teresa es una luchadora. Ella relata su vida con una serenidad pasmosa. Y es consciente de que hay un antes y un después en su vida: “Con los implantes empiezas a ser tú misma. Puedo hacer mi día a día. Puedo considerarme una persona normal”.

Pero no ha sido un camino de rosas. Al principio llevó audífonos: “Comencé con uno, pero lo cambié. Me asustaba mucho llevarlos, porque el volumen era muy alto y la comprensión nula. El otorrino se percató de que no me sentía bien”.

Así que no le quedó otra que implantarse. En 1999 fue el primero. Tardó tiempo en aceptar que debía ponerse un segundo, pero finalmente en 2004 lo hizo. Su relación con los distintos médicos que ha ido tratando siempre ha sido buena: “No puedo quejarme. Yo he seguido sus instrucciones. Me hicieron muchas pruebas con el primer implante y el segundo me lo puse cuando yo acepté”.

Tiene mucho que decir sobre el tópico que asocia la sordera a la desconfianza: “Es verdad que me volví desconfiada cuando perdí el oído. Gracias al implante volví a ser yo. Ya sé que tenemos la etiqueta de que somos desconfiados, pero muchos oyentes también lo son”.

A pesar de todas las prevenciones, estima que con los implantes cocleares le ha ido muy bien: “Tengo una vida casi normal. Me puedo bañar con ellos. De hecho me compré el pack acuático, pero todavía no lo he probado. Para dormir sí me los quito”.

Le gustaría practicar natación, pero piensa que en una piscina igual prefiere quitarse el aparato. “Hay cosas de las que sí me privo -explica-. Si voy al gimnasio, puedo perderme alguna cosa, porque la música suele estar muy alta.


La melena para tapar los audífonos

Prefiere llevar coleta o melena para que no se note que lleva audífonos. Ella quiere que no se le vean, pero piensa que si alguien lo nota igual se esfuerza en hablar un poco más alto para poder comunicarse. El hijo de Lidia le dijo que algunos de sus amigos sabían que llevaba aparato: “Un día, en el frontón, jugando al tenis, con el aire se me levantó el pelo. Los niños le decían a Daniel: tu madre lleva algo en oído”.

A veces lo considera un marrón, pero por regla general el uso de los audífonos le permite defenderse con solvencia. Hace dos años se realizó la última audiometría. Todo sigue igual. Afortunadamente.

No siempre se encuentra cómoda con los audífonos. Ella estima que a los que no lo han llevado en la vida les resulta mucho más fácil que a las personas que han estado siempre con ellos. Los ha usado de todas las tipologías: “Los aparatos con cadena eran gordos. Luego vinieron otros colgados, muy grandes. Después el intra. La tecnología pasó de la analógico a lo digital. El cambio fue brutal. Yo lo he pasado fatal hasta que logré adaptarme. Ahora utilizo unos modernos que han sacado ahora”.

Lidia reconoce que las pilas son otro gasto más. En la piscina de la comunidad de vecinos se los quita. Le gustaría no tener que llevarlos nunca.


Trabajo en una escuela infantil

Qué suerte tiene. Trabaja con niños. Lydia se levanta cada mañana de lunes a viernes pensando en preparar todo para su hijo Daniel, de nueve años. A ella le esperan en el trabajo otros pequeños, estos con edades que oscilan entre los cuatro meses y los tres años. Son los protagonistas de la escuela infantil donde desarrolla su actividad profesional.

Disfruta enormemente con lo que hace. Pero hay veces que no lo pasa bien si observa a algún niño con algún problema. Su sensibilidad le lleva a ponerse habitualmente en la piel de los demás. Se esfuerza diariamente para que su hipoacusia no reste eficacia a su labor.

Ha habido, no obstante, algún episodio que le ha marcado en la escuela infantil. Es una especie de amenaza que pende sobre su cabeza. No puede olvidarlo. Hace ya tiempo, una persona afirmó que ella no era apta para desempeñar sus funciones.

No se hundió. Acudió a Servicios Sociales del ayuntamiento de la localidad donde reside para informarse. Allí le dieron unas pautas para luchar contra la discriminación. Esa es la palabra clave: discriminación. A veces sospecha que pudiera estar pasándole sin apenas darse cuenta: “Que te dan de lado porque no te enteras”.

En la balanza, en su debe y haber particular, termina imponiéndose el trabajo bien hecho, la satisfacción del deber cumplido. El crisantemo y la espada. Sensibilidad y firmeza. Lydia se sobrepone a los reveses y saca su vena humorística. Le gusta reír: “A los hipoacúsicos nos cuesta captar algunas palabras. Una vez tuve que improvisar una clase de inglés. Y tropecé con una palabra, mañana (tomorrow). Me salió tumorrón. Nos reímos mucho. Aún lo hago cuando lo recuerdo”.