Mis problemas con los trabajos

Guillermo aprovecha para hacer un pequeño descanso en la tarea diaria. El periódico gratuito que ha dejado un vecino le va a servir para tomar un poco de aire. Allí se encuentra con una noticia que le deja pensativo. Dice la prensa que las personas con discapacidad podrán formar parte de un tribunal del jurado. Esta modificación enmendaba la ley que impedía la participación de las personas impedidas “física, psíquica y sensorialmente”. Una discriminación como la copa de un pino. La noticia explica que se proporcionarán los apoyos precisos para el desempeño con normalidad del objetivo. A él le da por imaginarse como jurado popular. Sabe que es por sorteo. Y no cree que necesite nada especial. Desde que se puso los audífonos lleva una vida casi casi normal.

A sus cuarenta años no sabe cuándo empezó a perder audición. Tiene claro que a partir de los veinte comenzaron las limitaciones. Aunque tal vez sus problemas en los estudios, que tuvo que abandonar, estén emparentados con la dificultad para captar y comprender. Ha dispuesto del tiempo suficiente para vivir en carne propia las cortapisas a las personas con pérdida auditiva para triunfar en el mercado laboral. En su caso, además, sin formación específica. Gracias a que es un buscavidas ha salido del paso en mil y un oficios. Y la construcción era uno de los lugares más comunes antes de que empezara la crisis económica.

Quizá esperó demasiado tiempo en acudir al especialista. Se imaginaba que el desembolso iba a ser grande, y que iba a necesitar ayuda familiar para sufragar el tratamiento. Al final, con un pequeño empujoncito pudo adquirir los audífonos. Desde entonces se muestra más optimista y encara la vida con otro ánimo.


Aplazando lo inevitable

Tiene su guasa, pero siempre conviene no precipitarse hasta salir de dudas. Lleva unos días Ricardo recordando las anécdotas de su abuela Ramona, sobre todo las referidas a su sordera. Y de ahí a su padre. Que ahora lleva audífonos para limitar el efecto de la pérdida de audición asociada a la edad. No hay más casos en la familia. Y de la abuela apenas tiene memoria, salvo las historias una y mil veces repetidas.

Está desorientado, un poco confuso y todavía no lo ha comentado en casa. En el trabajo está perdiendo un poco la onda. Le cuesta seguir las conversaciones. Lo achaca al estrés, a la amenaza de más despidos. Así es difícil concentrarse. Pero sospecha que hay algo más.

Siente entre vergüenza y debilidad. No sabe desde cuándo le sucede, pero necesita subir el volumen para enterarse bien de lo que alguien dice en la televisión. Pero si hay más gente lo deja como está. Le da apuro manifestar cómo se siente. Lo que no sabe es hasta cuándo podrá seguir disimulando, si es pasajero, si puede ir a peor, si solo son imaginaciones suyas. No está atravesando precisamente sus mejores momentos personales. Todo se junta, todo pasa factura.

Le falta tomar la decisión. Pedir cita. Hacerse una revisión. Y así sabrá si son fabulaciones o necesita ayuda de algún tipo. No quiere anticipar. No se ve con audífonos. Aunque ahora son bastantes discretos. Pero no quiere todavía enfrentarse al especialista. Sabe que de seguir así no le queda otro remedio. Todavía quiere ganar tiempo. Comprende que es un error y que tarde o temprano tendrá que tomar una decisión.


A mi padre le falló el oído

Su padre se llama Ricardo, como él. Sonríe pensando en esa costumbre de tantas familias de perpetuar el nombre de los progenitores. Considera una suerte poder echar mano de los recuerdos de sus antepasados y que lo blanco predomine sobre lo negro. Como las historias de Ramona, esa abuela sorda, de la que apenas tiene memoria personal. Aunque era conversación recurrente en los encuentros anuales señalados. Las mismas anécdotas, el mismo ambiente entrañable, el sentido homenaje.

Tras la muerte de la Ramona la sordera quedó en el vestigio de otros tiempos, en los relatos de aquellos entonces. La vida siguió su curso, con sus luces y sombras, con su perfil amable y con el lado oscuro. Hasta que su padre comenzó a quejarse de que no oía bien. “Cosas de la edad”, pensó Ricardo, que le animó no obstante a acudir al especialista. “Esto no es como lo de la abuela”, reflexionaba en voz baja. Su padre, ya jubilado, no había tenido ningún problema hasta ese momento. “La pérdida de audición asociada a la edad es más frecuente de lo que pensamos”. Esta es la frase que más oyó en su periplo por las distintas consultas.

De aquellos días conserva Ricardo la imagen de la nueva vitalidad de su padre tras ponerse audífonos. Era otro. Bueno, era él, pero más parecido al de siempre. Han pasado ya unos años desde entonces. Pero puede asegurar que su padre se ha mantenido activo gracias en buena parte a esos audífonos, que le han permitido llevar una vida social aceptable. Ya está mayor, pero no pierde detalle de las conversaciones. Y eso agrada a Ricardo, el hijo, porque sigue la conexión entre ellos.


¿Te puedo ayudar en algo?

Tiene sus cosas. Es muy suya. De puertas afuera todo el mundo piensa que está ante un ser maravilloso. Consecuencia de su fuerza seductora. Pero en las distancias cortas puede llegar convertirse en una persona con cierta tendencia a la manipulación. Desde el respeto y el cariño es fácil comprenderla. Pero hay que mantener la atención. Así piensa Raquel de su madre, de quien ha heredado esa manera positiva de enfrentarse al mundo.

Seguro que tiene días en los que se viene abajo, pero la sonrisa en la cara aparece casi siempre. Se cae y se vuelve a levantar. “Yo de mayor quiero ser como mi madre”, confiesa Raquel a su círculo más íntimo. Ni la pérdida de audición ha podido con su entusiasmo.

Sospecha Raquel sin embargo que en lo más profundo del alma de su madre hay una pena por el paso de los años y sobre todo por tener que llevar audífonos para poder comunicarse de una manera más o menos normal con su entorno, para poder disfrutar de los pequeños placeres que le otorga la vida, de sus aficiones… En definitiva, del día a día. Pero ella no se lo va a permitir a sí misma. Necesita que la fuerza le sirva para recuperarse de los pequeños baches. Y no lo hace por disimular. Es por ella misma.

Al poco de empezar a usar los audífonos, en vez de venirse abajo, decidió empezar a ayudar a los más necesitados. Desde entonces colabora como voluntaria en algunas fundaciones que se ocupan de gente que está atravesando momentos de difíciles. Cada cierto tiempo la puedes encontrar en algún supermercado pidiendo alimentos en las campañas organizadas para ayudar a los que menos tienen. Raquel se conmueve con esa actitud. Sí. Definitivamente. De mayor quiere ser como ella.


No te oí en toda la noche

Así es la vida, una sucesión de momentos tristes y felices, una noria, una montaña rusa de sensaciones. Con su vértigo, sin tiempo de descanso. Y lo malo suele venir por sorpresa, cuando menos te lo esperas. Nada hacía presagiar que ese día iba a ser distinto. La madre de Raquel siguió su rutina habitual: paseo por la mañana, para mantenerse en forma; comida en casa y sobremesa tranquila y tarde con los amigos. No alargó la reunión porque se encontraba algo cansada, como si estuviera incubando una gripe. Pensó que debía evitar, en lo que a ella correspondía, coger un resfriado. A las 23.00 horas ya estaba en la cama, tan feliz. Y con la ceremonia acostumbrada: se despojó de los audífonos y se colocó un pijama. Se apretó contra la almohada con la satisfacción de que no era necesario madrugar.

A Raquel le cuesta recordar aquellos instantes sin emocionarse. Su tío (hermano de su madre) reside en el mismo edificio que su hermana. Están muy unidos. Si no se ven al menos se llaman casi todos los días. El uno se apoya en el otro y viceversa. Por eso aquella noche, poco después de que dieran las doce en el reloj, él llamó al móvil a su hermana. También al fijo. Empezaba a encontrarse mal y no sabía qué hacer. Pero su hermana no contestaba. Estaba profundamente dormida, pero de todas formas no se hubiera enterado. Sin audífonos no oye el teléfono.

La madre de Raquel se asustó un poco cuando vio las llamadas perdidas en el móvil. Maldijo su negativa a no contar con alguna aplicación o sistema de alerta para indicar que están llamando. Su hermano no contestaba. Por fin recibió noticias. Estaba ingresado en el hospital. Él pudo llamar a Urgencias y una ambulancia le recogió en su domicilio. Nada grave, finalmente. Fue un susto. Es uno de esos momentos en que lamentó haber perdido audición.


Ahora te protejo yo a ti

Es lo habitual. Comenzar el año con buenos propósitos: cuidarse con las comidas, hacer deporte, enfadarse menos, demostrar más los afectos. En su caso tiene otra tarea por delante: dejar de inmiscuirse en algunas parcelas de la vida de su madre. No lo puede evitar. Es una especie de afán protector. Se muere de ganas por dar el visto bueno a todas las amistades de su madre.

Raquel es así. Tiende a proteger a los suyos. Aunque sabe que su madre no lo necesita en exceso. Cuando empezó a perder audición le dio por cerrarse, no salía y estaba bastante triste. Desde que se puso los audífonos es una persona nueva. En el fondo le divierte ver cómo se arregla para salir con su grupo, al teatro, al cine o a bailar. Raquel imagina que igual hasta tiene un novio. Es una sensación contradictoria. Su padre hace tiempo que no está con ellos. Y le sume en la nostalgia acordarse de él. Pero, por otra parte, le alegra que su madre mantenga, a sus años, la ilusión.

Ella se hace muchas veces la pregunta: ¿Si mamá oyera bien estaría tan pendiente de sus posibles relaciones sentimentales, de quiénes son sus amigos? Pero no tiene clara la respuesta. Intuye que preocuparse de los allegados es lo más natural. Aunque también piensa que desde que detectaron que su madre había perdido capacidad para oír se sintió en la necesidad de brindar su protección.

Su madre es lo bastante independiente como para reclamar la ayuda de Raquel o de su otra hija. Está feliz de tener un círculo amplio de amistades, de poder seguir disfrutando.


No me llames sorda

Aunque su madre dice que no le molesta el término de sordo, Raquel intuye que esa palabra no es muy de su agrado. Ella prefiere decir que ha perdido algo de oído. Con frecuencia el tono y el matiz de la palabra sordo se emplea con cierto desprecio. A veces ella se refiere a sí misa como “la sordita”. Pero solo en ambientes de mucha confianza. “Las mujeres tienen la ventaja de que con el pelo largo pueden disimular sus aparatos —confiesa Raquel—. En el caso de mi madre no sé si pesa más la coquetería o la intención de que no conozcan que no oye bien”.

Tras la pérdida de audición, la madre de Raquel ha pasado a formar parte de una nueva comunidad de personas, con la misma dignidad que el resto. Sin embargo, ha podido confirmar que existe mucha falta de respeto, que los prejuicios se mantienen en la sociedad española, que la palabra sordo muchas veces implica algo más que diferencia. A Raquel no le preocupa en exceso porque el entorno de su madre la trata magníficamente, pero nadie está libre de encontrarse con algún cafre cualquier día.

“Sigo siendo yo, lo que pasa es que ahora oigo mal”. La madre de Raquel se defiende de esa visión discriminatoria que tiende a pensar que la falta de alguna capacidad nos rebaja en la categoría de persona. A Raquel le da mucha rabia que tal vez se ha encontrado con alguien que se haya reído de ella o tratado mal. “Y tal vez le haya pasado, pero no se ha dado cuenta —piensa Raquel— pero es tan optimista que estoy segura de que archiva lo poco malo que haya podido sufrir”.


No volveré a ser joven

“Qué lástima llegar a vieja. Ya no me puedo mover con la soltura de antes. Tampoco es que vea como cuando era joven. Y de oír ya ni hablamos. Aquí me tienes, con mis audífonos”.

Lo dice con tono jocoso. Raquel conoce la ironía de su madre, pero no deja de pensar que esas palabras esconden una pequeña queja. Ella no entra en porcentajes. No los necesita. Sabe, por ley de vida, que las personas mayores sufren problemas auditivos. Entonces recuerda algunos versos del poema de Jaime Gil de Biedma, No volveré a ser joven:

Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde
como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.

“Mamá ha sabido adecuarse a su edad biológica. Es consciente de sus limitaciones y pone todo el empeño en salvarlas”. Son las frases que se repite Raquel una y otra vez en lo más profundo de su ser, a modo de mantra. Es cierto que su madre representa un ejemplo. Su actitud vital es digna de elogio.

Aunque debe estar en guardia. El fantasma de la depresión está ahí. Le han dicho que la sordera puede conducir a depresión en personas mayores. Con su madre parece que no hay peligro. No es de las que se aísla. Al contrario. Es muy sociable.

Pero no conviene darlo todo por sentado. Le corresponde estar pendiente. Y acompañarla a las revisiones audiológicas. La calidad de vida, eso es lo importante llegado cierto momento. Y ahí estará ella, para lo que necesite su madre. Su hermano también. Porque casi nadie se libra de las pérdidas auditivas. Todos seremos sordos, se dice una y otra vez mientras observa con ternura a su madre.


Fiesta

Nochebuena y Navidad, la primera parte de una larga fiesta. A ella le gustan las celebraciones, aunque como es natural echa de menos a los que no están y le asaltan unas tímidas ganas de llorar mientras brinda con sus hijos. Le molestan los ruidos de petardos, desde siempre. No entiende que la gente disfrute con el ruido. “Debería estar prohibido”, exclama ante la aprobación de los presentes.

Durante la preparación de la mesa y el aperitivo decide fijarse en el informativo. Con el volumen más alto de lo normal. Lleva una temporada buena con el audífono, pero se siente más segura con la televisión a buen volumen. Entonces dan una noticia que les llama la atención: “El Parlamento de Andalucía ha aprobado la proposición no de ley que mejora la accesibilidad de los centros de salud para personas con cualquier tipo de discapacidad, después de que el pasado verano un paciente con sordera estuviera 7 horas esperando sin ser atendido en el hospital almeriense de Torrecárdenas porque no oía las llamadas del personal médico”.

La medida establece un plazo para elaborar un registro de centros hospitalarios y de salud que no cuenten con sistema adaptado. El propósito es conocer las condiciones básicas de accesibilidad y la relación de ayudas y servicios auxiliares para la comunicación y establecer un calendario para su implementación.

—Parece, mamá, que os empiezan a hacer algo de caso— exclama Raquel.
—Esto es una gota en el océano. Bienvenida, en cualquier caso.

Es una noche casi feliz. La madre de Raquel sigue con los ojos empañados. Con la mirada fija en la nostalgia de otros tiempos. Cuando no necesitaba ese aparato para poder oír. Pero está contenta. Sigue adelante y con las ilusiones intactas.


El viaje a ninguna parte

Jamás olvidarán ese viaje en coche. Las circunstancias influyeron mucho en aquel episodio. Y eso que tenían quince días por delante para disfrutar en Galicia, un lugar que encanta a su madre. Pero Raquel y su marido también tenían pensado aprovechar las playas, la gastronomía, las excursiones culturales. El verano y sus vacaciones empezaban para ellos con un pronóstico excelente.

A Raquel le gusta conducir. Desde joven. Y a Mario no le importa cederle el volante. Él se considera un consumado copiloto. Pero en esta ocasión estaba obligado a darle conversación a su suegra. Porque ella no aceptaba de buena gana cuando los dos miembros de la pareja hablaban entre sí. Ese día estaba especialmente intrusa.

“Una vez que llegamos a destino comenzó a aclararse todo lo sucedido. Mi madre -explica Raquel- no paraba de meterse en la conversación porque no se estaba enterando de nada. Era su manera de luchar contra la incomunicación. Pero a mí llegó a hartarme. Y no me gusta enfadarme cuando voy conduciendo”
No sabía en ningún momento si se dirigían a ella en la conversación. No se enteraba de casi nada. Y para evitar el enfrentamiento con su hija recurría a su yerno para preguntarle de qué estaban hablando. “Fue la primera vez que nos dimos cuenta de que el audífono de mamá no estaba bien ajustado. Cuando me percaté del origen del problema me dio cierta pena, porque llegué a ponerme a cien”, cuenta Raquel.

Saber que no oía lo suficientemente bien relajó la tensión. Procuraron hacerse entender en esas vacaciones, que finalmente fueron a gusto de todos. Aunque la protagonista del viaje tenía muy claro que a su vuelta iba a buscar solución a su problema.