No pierdas el procesador

Dicen que la memoria es selectiva, pero también caprichosa. El verano ha sido fantástico. Parece como si sus últimas olas estuvieran todavía presentes en la película de los días. Las vacaciones son tiempo de disfrute, pero algunos incidentes pueden marcar el recuerdo que se tiene. Eso pasó a la familia protagonista.

Para cerrar el periodo estival y a modo de fiesta, acordaron celebrar la vuelta a Madrid con una jornada en el Parque de Atracciones. Los padres, el hermano mayor y ella, una niña de diez años con implante coclear. A los progenitores les daba cierta pereza pasar todo el día en las instalaciones, pero ella disfrutaba muchísimo de atracción en atracción en compañía de su hermano.

Todo estaba sucediendo dentro de lo previsto. La suave temperatura favorecía la actividad. Después de participar en diferentes atracciones la insistencia de los menores llevó a toda la familia a una especie de montaña rusa. Adiós al vértigo. Hola a la adrenalina. Los cuatro estaban dispuestos a sentir emociones fuertes en ese carrusel de sensaciones.

Y entonces sucedió el incidente. Le puede pasar a cualquiera, a niños y mayores. El procesador del implante salió volando. Ocurrió muy rápido. Casi ni se dieron cuenta. Es la primera vez que le pasaba. La diversión dio paso a la preocupación. Cuando terminó de dar vueltas la montaña rusa bajaron a tierra y se pusieron a buscarlo por los alrededores. Tenían la esperanza de que se hubiera quedado pegado a la estructura de la atracción. La búsqueda no dio resultado.

De la diversión al drama. Porque ella no oye sin el implante. Hasta que tenga otro. El seguro no cubre la pérdida, sí el accidente, pero hay que presentar los restos. Fue todo un contratiempo, porque obliga a realizar de nuevo una fuerte inversión. Es un pequeño tesoro.


Aprender jugando

Coincidiendo con el Día Internacional de la Infancia, el 1 de junio, el Pabellón Infantil de la Feria del Libro de Madrid, en el Parque del Retiro, acogió la puesta en escena de “El Cuentacuentos escacharrado”. Organizada por la Asociación “CLAVE, atención a la deficiencia auditiva”, la actividad contó con el ilustrador Álvaro Núñez como narrador y dibujante.

El interior de la carpa se llenó de familias, de carritos, de niños de distintas edades dispuestos a disfrutar. Álvaro se las sabe todas y dirige la función con maestría, capta la atención y deja el mensaje. Porque de lo que trata este cuento ilustrado en directo es de que los más pequeños tomen conciencia de la necesidad que tenemos de comunicarnos bien. Todo esto jugando, porque Álvaro sabe bien como interactuar con su exigente público.

Álvaro incorporó a la historia las ocurrencias de los niños y al final pidió la participación de todos para que terminaran de dibujar el cuento. Es la mejor manera de conocer valores y que los niños aprendan mientras se divierten.


Sordo, sordo, que no me oyes

La infancia, ese terreno de ensoñación al que muchos se refieren como paraíso perdido, esconde, en ocasiones, nada sutiles momentos de acerada crueldad. Los niños se mofan del diferente, por miedo, ignorancia o gregarismo. Una educación en valores y la madurez (que solo se consigue con el tiempo) pueden atemperar comportamientos muy poco cívicos.

Al niño en cuestión (pongamos que hablo de Madrid y que se llama Mario) una temprana miopía le obligó a llevar gafas desde los diez años. Para no sufrir una vida de rechazo por “empollón” le dio por arrimarse a los más gamberros de clase. Con ellos aprendió el innoble arte de insultar a los más débiles. Como protección. Buscando no ser él el castigado.

Mario era el mayor de tres hermanos. La casa se convertía, día sí y día también, en escenario de batallas no muy bestias. Peleas de baja intensidad. Lucha fraternal. Niños brutotes jugando a ser machos alfa.
Un verano. Ese verano en especial, sus padres decidieron que había que acuchillar el parqué y barnizarlo después. Tendrían, según mandaban los cánones, que pasar alguna noche fuera para no sufrir los rigores del vapor. La persona que se encargaría de todo había sido recomendada por un amigo de entonces (lo que viene a ser un cuñado de ahora). Ya les habían advertido. Hay que hablarle alto y de frente. Era sordo.

Sordo. Sí. Era sordo. A voces podían entenderse. No usaba ninguna prótesis auditiva. Y el hombre se puso a trabajar. Y los niños, con Mario como líder, decidieron comprobar hasta qué punto no oía aquel señor. Se colocaba detrás de él y le llamaba: “Sordo, sordo, que no me oyes”. Nunca supieron su nombre. Realizó su tarea y se marchó. Y ellos encontraron otras personas para buscar la risa.

Y pasó el tiempo, que suele poner las cosas en su sitio. Mario creció, pasó por la universidad y comenzó una intensa vida profesional que le acabó llevando a trabajar en una organización que atiende a personas con discapacidad. De cuando en vez tiene que tratar con algún sordo. Y se avergüenza en silencio de sus años mozos, cuando fue un cafre.


Sordos, pero no mudos

Visto que el mundo y la sociedad que habita en él se han empeñado en que las personas sordas son, además, personas con algún problema en la voz o mudas; toca plantarle cara al viejo rumor y demostrar que, aunque con un tono diferente y una vocalización a veces exagerada, las personas con discapacidad auditiva tenemos mucho que decir.

Aprender a expresarse no es fácil cuando la recepción de la información falla. Subirse al carro de la comunicación tomando la iniciativa puede resultar, para aquellas personas con deficiencia auditiva, una cuestión de total desasosiego adornada de titubeos, tembleques y otros matices escondidos dentro del temor escénico en su fase más acentuada.
Si de la experiencia ajena no podemos guiarnos porque a nuestra cabeza no llega una ponencia efectuada a larga distancia, o quizás porque no contamos con las medidas técnicas necesarias; habrá que disponer de trucos específicos que nos ayuden a desenvolvernos en una situación de emergencia al hablar en público.

Ése grupo de herramientas y trucos para mejorar nuestra oralidad y sacarle todo el partido que se pueda se llama Ángel. Ángel Lafuente, para ser más exactos. Y los próximos 20 y 21 de noviembre repetirá, en Clave, la hazaña de enfrentar a un grupo de personas con deficiencia auditiva al público para despojarlas de todo miedo escénico y adentrarlas en lo que él denomina “placer escénico”. Según Ángel, es posible disfrutar sobre un escenario si se toman en conciencia un par de sugerencias que él mismo recoge en su curso “Cómo hablar siempre con eficacia”.

Más allá de las dificultades comunicativas, es importante saber dominar la palabra oral, que actuará como batallón de infantería a la hora de expresar nuestras necesidades, que tendrá un valor doble si se aprende a arrojarla con la intención y forma correcta según el ambiente y la situación.
 
Ya sea para terminar con el mito de que las personas sordas no hablan o no se expresan bien, o por esa necesidad humana tan importante que resulta el ser escuchados, tenidos en cuenta, considerados, mediante la palabra hablada, que juega un papel importante: el de una de las puertas hacia la autonomía personal, la decisión propia y el respeto a uno mismo: podemos (y debemos) reivindicar nuestras necesidades y deseos de forma eficaz y sin que esto suponga un trauma.
 
Demostremos, pues, que no nos ha comido la lengua el gato. Que el oído y el habla son dos cosas diferentes y diferenciadas que tienen algo en común, pero que no desaparecen a la vez. Demostremos, también, que tenemos mucho que decir, empezando porque no somos mudos y sí tenemos mucho que decir y con lo que enriquecer este mundo.


Reto a la lógica

Me voy a permitir el lujo de desmontar una teoría, de retar a la lógica aplastante con una apuesta cargada de futuro. Mienten los que dicen que el aprendizaje de un idioma no es compatible con la sordera ni con la deficiencia auditiva. O, al menos, el miedo recaía con gran peso sobre la práctica y, más concretamente, sobre la pronunciación y la conversación.

Bien es cierto que a las personas con deficiencias auditivas les costará más, quizás, encontrar el punto de pronunciación del idioma. Esto es tan verdad como que las nuevas tecnologías han venido a solucionarnos la vida: Internet ofrece hoy infinidad de posibilidades para mejorar los idiomas.

La red de redes ha abierto la puerta a un sinfín de oportunidades para todas las personas con discapacidad. En concreto, para el tema que nos ocupa, Internet reúne en su seno dos grandes informaciones para perfeccionar un idioma: webs donde se pueden escuchar todo tipo de canciones y webs que ofrecen las letras de esas canciones, para perfeccionar la percepción auditiva de los sonidos y acostumbrarse al acento. El gusto musical dependerá del consumidor y de qué sonidos discrimina mejor o peor.

La posibilidad de utilizar algunas de las aplicaciones para personas ciegas que leen el contenido de la pantalla (disponible aún en pocos sitios web) permite seleccionar informaciones de periódicos, blogs o portales en el idioma que se desea perfeccionar para que luego un narrador lea el contenido de la página web mientras se compara con el escrito en la pantalla.

Ya no tendremos excusa para perfeccionar nuestra segunda lengua este verano: las televisiones también ofrecen la posibilidad de cambiar el idioma de algunas series y películas. Mucho menos, si además disponemos de algún tipo de ayuda técnica para la TV y que la señal sonora viaje directa, sin cortes y sin ruidos de fondo a nuestras prótesis consiguiendo así una mayor claridad.

¿Habrá dificultades? Sí, pero también contamos con muchísimas herramientas: poco a poco las escuelas de idiomas se van concienciando más en la necesidad de adaptar sus enseñanzas a todo tipo de personas y ofrecen muchos materiales multimedia de fácil adaptación para todo tipo de usuarios.

Pero, como en todo en la vida, la equivocación y la práctica enlazará con el éxito y el disfrute personal y qué mejor forma de perfeccionar una lengua que viajar al país de origen de la misma pues, por lo general, muchos lugares de interés turístico europeos (como Dublín, Londres o París) han adaptado muchas de sus instalaciones con bucles magnéticos o amplificadores del sonido. Así que, ¿qué mejor oportunidad para comunicarse más y mejor?

¿Conoces alguna forma más de perfeccionar un segundo idioma cuando se tiene pérdida auditiva? ¡Cuéntanosla!