Memorias del colegio

La infancia es un pasadizo de recuerdos evanescentes. Pero en ese trayecto se forja la personalidad y se sientan las bases para hacer frente a la vida. “Los niños son el recurso más importante del mundo y la mejor esperanza para el futuro”, explicaba John Fitzgerald Kennedy, el presidente norteamericano asesinado en Dallas en 1963. A Lydia le cuesta recordar los años de colegio. Fueron duros. Pero se le escapa una sonrisa. Allí conoció a dos personas que no puede olvidar. En un ambiente de cierta hostilidad encontró a Susana, con problemas de audición como ella, y a Goretti. Rápidamente hicieron piña.

Pero los cursos en aquel colegio de monjas le dejaron también algunas heridas. A Lydia no le gustaba entonces tener que recurrir leer los labios de sus compañeras. Era su manera de intentar evitar que las demás se percatasen de que tenía un problema. Ella solo aspiraba a poder escuchar bien. Con el paso del tiempo comprendió que aquello le ayudaba a oír.

Le gustaría borrar las malas experiencias de aquellos años. Porque se sintió discriminada, porque se rieron de ella. No se le olvida cierta profesora: “Ella me tenía manía y yo a ella. Era de muy mal carácter. Me suspendía Lenguaje y casi nunca me ayudaba. Prácticamente me ignoraba”. Se sentía sola, pensaba que las niñas hablaban de ella. Pero siempre hay un camino a la esperanza: hubo otras docentes que la trataron con cariño.

Cuando apunta en el cuaderno imaginario las cosas buenas y las cosas malas de aquella época se alegra infinito de que, a pesar de todo, sus padres decidieran escolarizarla “en un colegio normal, porque si me hubieran metido en un colegio especial estoy convencida de que no hubiera sacado las cosas adelante. Es bueno que los niños con problemas de audición estudien sin exclusiones”.


La infancia no es tan fácil para un sordo

La infancia no es tan fácil para un sordoAquel fue un año bisiesto que empezó en lunes. 1968: de la primavera de Praga al mayo francés. Del sueño a la realidad. Massiel gana el Festival de Eurovisión y los Beatles lanzan la canción Hey Jude. En España la vida es gris, pero la mayoría de los ciudadanos se mantiene ajena a la política. El mundo saludó a Susana por primera vez. Ni sus padres ni los profesionales que atendieron en el parto y sus primeros días sabían que la genética había determinado problemas de audición, porque no dieron la cara hasta que ella tuvo cuatro años.

La infancia es para muchos un paraíso perdido, porque la memoria caprichosa selecciona los momentos. Susana tiene recuerdos vagos, que no se muestran con nitidez. Otros están a recaudo del disco duro de su mente, dormidos en el interior. Y no tiene ningún ánimo de despertarlos. Intuye, sin embargo, que si se pone a ellos pueden aflorar.

A Susana le cuesta echar la vista atrás. A su manera, por su inocencia, considera que fue una etapa feliz. Educación Maternal se llamaba entonces a los años previos a la Enseñanza General Básica. De esos tiempos recuerda mucha vergüenza, temor: con la cara colorada todo el rato.

A partir de los cuatro años se manifestó su problema auditivo. No le gusta volver a aquellos instantes de burlas de sus compañeras de colegio. Burlas crueles. La etiqueta de siempre, “la sorda”. Para ella era un insulto. Contra la diferente. O aquellas visitas al médico que ponían a prueba su capacidad de audición: “Me hacía darme la vuelta, ponerme de espaldas a él y entonces me ordenaba repetir lo que había dicho. Obviamente yo no entendía nada de nada”. En su cole, en su barrio, Susana sufrió de niña el aislamiento. Ahora es feliz. Sobre todo porque puede comparar y tener constancia de que los niños sordos de ahora son mejor tratados por el entorno.


La familia es la base

El ejemplo de la familia de Sofía, que están sacando adelante a tres hijos, dos de ellos sordos, es digno de reconocimiento. Ella trabajaba en la industria farmacéutica, en un negocio familiar, que le obligaba a viajar mucho. Cuando nació Carmen, dejó sus ocupaciones profesionales para centrarse en sus hijos. Tras colaborar con t-oigo.com ejerce como voluntaria en Manos Unidas, donde se siente muy involucrada con el proyecto.

Confiesa Sofía que le ayudó mucho escuchar a familias que habían pasado por lo mismo: “Carmen se implantó con cinco años del primer oído. Conocí entonces a una madre con un hijo al que le había sucedido lo mismo. Me calmó bastante, aunque ahora ya no lo necesito tanto. Los entornos familiares que he encontrado son muy positivos”. Y confiesa estar dispuesta a contar su experiencia si puede valer.

Recuerda la madre de Carmen y Diego que es fundamental rodearse de expertos para enfocar la vida de un niño sordo: “En mi caso se puede decir que las personas que nos ayudaron y ayudan van mucho más allá de lo profesional. El trato personal, sus consejos… nos han dado mucha tranquilidad”.

En casa de Sofía aplican la idea de que con esfuerzo Carmen y Diego pueden llegar a todo. No tratan a sus hijos de forma diferente y les permiten probar con todo lo que quieran. Sofía quiere restarse méritos: “El mérito es de todos, pero principalmente de los niños, que llevan esforzándose desde que son muy pequeños”.


Niños, al cole

El último centro de educación especial exclusivamente para sordos de Madrid cerró sus puertas en 2008. El modelo educativo no solo desde entonces, sino muchos años antes, obedece a una palabra que es más que un concepto, inclusión.

Carmen y Diego no son los únicos sordos en su colegio. Hay otro alumno, pero está en bachillerato. Ellos están perfectamente integrados y viven su sordera con absoluta normalidad. De hecho, a veces los demás no se dan cuenta de sus limitaciones.

Su hermano mayor, Alfonso, asiste al mismo centro. Carmen ha terminado segundo de Primaria con unas notas excelentes. Es muy querida entre sus compañeras. Diego ha acabado primero de Primaria. El curso le ha costado un poco más que a su hermana, pero también se hace querer. Todo el mundo en el colegio le conoce.

Sus padres decidieron que Carmen y Diego asistieran al mismo colegio de normo-oyentes donde iba su hermano. Sofía no oculta que los temores les asaltaron al principio, pero los niños han ido superando los obstáculos. La estimulación precoz de los niños sordos les facilita la escolarización y favorece el desarrollo del lenguaje. También la personalidad de los niños desempeña un papel importante en la integración en el ámbito educativo. Y Carmen y Diego tienen un carácter, cada uno con sus diferencias, que les abre las puertas.

Los implantes de Carmen y Diego les sitúan en una buena posición para alcanzar los mismos niveles que el resto de sus compañeros. Ahora están empezando, pero da la impresión de que poco a poco se irán comiendo el mundo.


Aprender jugando

Coincidiendo con el Día Internacional de la Infancia, el 1 de junio, el Pabellón Infantil de la Feria del Libro de Madrid, en el Parque del Retiro, acogió la puesta en escena de “El Cuentacuentos escacharrado”. Organizada por la Asociación “CLAVE, atención a la deficiencia auditiva”, la actividad contó con el ilustrador Álvaro Núñez como narrador y dibujante.

El interior de la carpa se llenó de familias, de carritos, de niños de distintas edades dispuestos a disfrutar. Álvaro se las sabe todas y dirige la función con maestría, capta la atención y deja el mensaje. Porque de lo que trata este cuento ilustrado en directo es de que los más pequeños tomen conciencia de la necesidad que tenemos de comunicarnos bien. Todo esto jugando, porque Álvaro sabe bien como interactuar con su exigente público.

Álvaro incorporó a la historia las ocurrencias de los niños y al final pidió la participación de todos para que terminaran de dibujar el cuento. Es la mejor manera de conocer valores y que los niños aprendan mientras se divierten.


De los parecidos engañosos y otros enemigos escolares

Cuando eres una persona sorda o con deficiencia auditiva adquieres una identidad engañosa. Así como se puede deducir erróneamente que se trata de una persona “sin mucho que decir” o que es “muda” por la deficiencia auditiva, se puede pensar también que cumple con todos los requisitos para convertirse en uno de los compañeros más odiados en el entorno escolar: el pelota u “ojito derecho” del maestro.

El perfil es bien diferente, aunque se dan puntos en común. Por ejemplo, el pelota tradicional pregunta al profesor constantemente y busca su aprobación y aceptación en cada paso que da. La persona sorda, por el contrario, es más profeta de preguntar lo que haga falta y las veces que haga falta (o así debería ser) para lograr entender y seguir la clase, cueste lo que cueste.

Eso, sumada a la envidia de otros niños, ha acomodado a las personas sordas en un ambiente de marginación impropia e injusta a la que los profesores apenas han sabido cómo reaccionar. De mis recuerdos de infancia puedo resaltar que, desde mi punto de vista, marcar la diferencia potencia la marginación. Cada alumno es diferente, tenga o no una deficiencia auditiva, y lo más sano es educar a los menores en la diferencia, pero dentro de la tolerancia y haciendo ver que todos tienen diferencias. Es decir, no “marcar” al alumno con deficiencia auditiva por encima de los demás ni hacerle el centro de atención.

Es frecuente que cuando se va a ver una película en el aula, todos los niños se apuren para conseguir el mejor sitio y la profesora, consciente de que no todos tienen las mismas condiciones auditivas, trata de “reservar” el mejor sitio para que el niño con deficiencia auditiva pueda enterarse bien. Sin embargo, a pesar de la buena intención del maestro, el niño seguirá siendo excluido por sus compañeros en tono de burla por contar con la ayuda y el servicio del docente si no se determina que también el resto de los niños tienen diferencias entre sí. El gesto de la diferenciación es necesario y bonito, pero entraña un duro revés que se volverá en contra cuando el resto de los niños note la diferenciación y le confundan, como digo, con un pelota.

Éstas y otras historias se suceden en la escuela ordinaria donde se mezclan niños con deficiencias auditivas y sin ellas. Y sin embargo, en mi humilde opinión, es la mejor educación posible, porque así como los otros niños deben aceptar las diferencias del que tiene una discapacidad auditiva u otro tipo de discapacidad, éste también tiene que adentrarse en el mundo real, no apartado por completo de la sociedad oyente e ir aprendiendo cómo solventar las barreras que la sociedad de forma inconsciente, impone a los que tiene discapacidad auditiva.

La clave está en la diferencia natural. Entre los gordos, los bajos, los que son rubios y los que no lo son. Los que hacen más ruido al jugar con los juguetes y los que no, los que tardan más en callarse en clase y los que se silencian al primer toque de atención; a los que hay que repetirles las cosas y a los que con una sola vez les basta; a los que se aprovechan de que “no oyen” para no hacer las cosas y a los que no se pueden aprovechar. A todos ellos, hay que marcarles la diferencia, pues todos son diferentes y, paradójicamente, cuentan (o deberían contar) con las mismas oportunidades. Marcar la diferencia está bien, si se hace de forma democrática, porque si no, el niño que pide ayuda no la pedirá porque se convertiría en un marginado o antisocial, y el niño que debe sentarse en primera fila para no perderse la explicación del profesor no lo hará por miedo a ser tachado de pelota.