Más fuertes todos juntos

Agustín no tiene ningún reparo en reconocer que se apoya constantemente en Marta. Ella es su referente por su fortaleza de ánimo y actitud: “Jamás he visto que se sintiera menos que nadie por llevar implantes cocleares. Sé que algunas personas sufren discriminación por ello. Pero es que Marta no ha dejado que eso ocurra. Supera las dificultades de una manera envidiable”.

“Creo sinceramente que son los implantes los que dan a Marta esa seguridad, porque gracias a ellos se siente capaz de afrontar las situaciones con normalidad”, explica Agustín.

En su día a día Marta no tiene especiales problemas para seguir los programas de televisión, escuchar música o atender el teléfono. Pero no le gustan los lugares bulliciosos, como las discotecas, porque pierde la onda de las conversaciones. Tampoco le afecta a la práctica del deporte. “Ni boxeo ni artes marciales -comenta Agustín-. A Marta solo le gusta correr para estar en forma”.

Marta y Agustín quieren que crezca la familia. Están muy ilusionados con la posibilidad de ser padres. Si eso sucede, no están seguros de cómo lo harán. Lo que sí tienen claro es que inculcarían a sus hijos la idea de que ser diferentes o tener limitaciones no es motivo para apartar a nadie. Al contrario. “Somos más fuertes todos juntos”, le repite Marta a Agustín cuando hablan de la integración y de las barreras que todavía deben superar muchas personas con discapacidad.

Benditos implantes, piensa Agustín, porque permiten que Marta pueda llevar una vida plena, aunque también se acuerda de aquellos a los que no alcanza esta suerte: “No quiero ni imaginarme la situación de los niños sordos en las zonas más desfavorecidas del planeta”.


Soluciones para los problemas

“Somos personas de costumbres, con nuestras rutinas. Supongo que como todo el mundo. Marta y yo nos repartimos un poco los papeles. A mí me gusta hacer la compra. No tengo inconveniente en fregar los platos, pero odio la plancha. Menos mal que tenemos ayuda”, comenta Agustín.

Marta y Agustín coinciden en horarios de trabajo. Se levantan entonces a la misma hora. Todos los días laborables suena el despertador y lo habitual es que sea él quien despierte a su pareja: “Así ella no tiene que usar el despertador especial para personas con discapacidad auditiva. La verdad es que no tiene dificultad para despertarse. A veces incluso ya está con los ojos abiertos cuando me dirijo a ella”.

A Agustín se le olvida en ocasiones que Marta, como es normal, duerme sin los implantes cocleares. Él habla y ella le sonríe. Le entiende porque lee sus labios. La vida cotidiana de ambos obedece a patrones establecidos y se puede decir que no les va mal.

Él siente algo de desasosiego cuando alguna vez ella tiene que viajar por motivos de trabajo. Piensa que algo puede suceder que ella no sepa afrontar. Marta es una mujer muy decidida, con muchos recursos. Pero Agustín no quiere que le ocurra nada malo. Él se empeña en buscar hoteles adaptados para personas con discapacidad auditiva. Ella le dice que es la empresa quien se encarga de la estancia. Y que no necesita nada especial, que ya llevará su despertador.

- Y si se me olvida, pongo el móvil con la alarma en vibración debajo de la almohada.

Marta tiene soluciones para casi todos los problemas.


El misterio de los implantes cocleares

Y llegó el momento. Ella también quería explicarse, pero sin ser exhaustiva. Agustín lo captó muy pronto: “Marta tiene un sentido del humor impresionante. Además, asume los reveses con gran templanza. Bromea mucho con sus implantes cocleares y con su sordera. Habla sobre ello con naturalidad, pero no le gusta extenderse, entrar en detalle. Todavía puedo reproducir sus palabras de entonces y aún me estremezco por su manera de afrontarlo”.

— Nací con hipoacusia bilateral, que me detectaron al nacer. Era un bebé cuando me intervinieron quirúrgicamente para realizarme un implante coclear. Obviamente no me acuerdo de ello, ni de primeras visitas a médicos, logopedas y demás. Solo me concibo con implantes. No conozco la vida de otra manera. ¿Alguna pregunta?

Él entendió que hasta ahí había llegado la explicación del día. Que seguirían conociéndose. Que no le iba desvelar todo de golpe. Y que, además, muchas cosas las aprendería junto a ella. No lo iba olvidar. Ya se lo había advertido. “Recordé entonces -explica Agustín- una costumbre de mi madre cuando éramos niños. Ponía las manos sobre mis oídos y entonces, sin posibilidad de oírla, ella me decía que me quería. Yo tenía que entenderlo leyendo los labios. Ese acto, que yo rememoro con una ternura infinita, no podría reproducirlo con Marta. No tenía mucho sentido, pero no fue un problema. Porque hemos ido construyendo nuestro propio código de caricias”.

Se le quedaron entonces en el tintero muchas consultas. Ya habría tiempo para saber sobre pilas o batería, la práctica del deporte o las posibles interferencias con el teléfono y los electrodomésticos. Para él entonces todo lo relacionado con los implantes cocleares era un misterio.


Canto mal, pero solo en la ducha

Marta es encantadora. Lo tuvo muy claro Agustín desde que la conoció. Una vez que ella mostró su disposición a caminar juntos, a él le entraron las prisas por saber cosas sobre la sordera y los implantes cocleares. Todavía carecía de la confianza necesaria para someterla a un interrogatorio. Por eso prefirió documentarse por su cuenta. Ya tendría tiempo, si la relación prosperaba, de preguntar. Y cómo ya le advirtió ella: las cosas las aprendería a su lado.

Internet es la nueva enciclopedia del siglo XXI. Con información y errores repetidos. Se decantó entonces por consultar las páginas de expertos, de centros especializados e incluso de los fabricantes de implantes. Hizo acopio mental de muchos datos, pero inevitablemente tenía que confrontarlos con Marta. Bueno, al menos así tendría alguna noción. Casi todos los días consultaba un ratito.

Por fin llegó el momento esperado, su primer fin de semana juntos. Estaba tan entusiasmado como temeroso. La convivencia muestra al otro como es. Y Agustín quería saber muchas cosas sobre Marta. La casa rural elegida y los alrededores constituían un escenario propicio para afianzar el incipiente noviazgo.

Tenían tantas cosas que decirse el uno al otro que a Agustín se le olvidó preguntar a Marta más detalles sobre su sordera. Fue ella quien tomó la iniciativa cuando decidió tomar una ducha antes de bajar a cenar al restaurante de la casa rural.

— Los implantes me los quito para ducharme. Y también para dormir. Cuando esté sin ellos, mírame a la cara para que pueda saber qué dices leyéndote los labios.

— De acuerdo —contestó Agustín.

Ella entró en el cuarto de baño. Al cabo de unos segundos de allí comenzaron a salir unos sonidos que pretendían ser una canción. Por más esfuerzo que puso Agustín no logró saber qué era lo que Marta quería cantar. Al cabo de unos minutos ella salió, envuelta en una toalla y muerta de risa.

— Lo sé. Canto fatal. No es porque no me oiga. Con los implantes también lo hago muy mal. Pero me sienta bien.

Y Agustín comprendió que tenía mucho tiempo por delante para conocer a Marta.


La sorpresa de los implantes cocleares

Lo primero que le llamó la atención de Marta fue su mirada. Aquel cumpleaños de un amigo común fue el comienzo de una atracción que les ha traído juntos hasta nuestros días. No quiere Agustín echar la vista atrás y contar los años. Le molesta un tanto el paso del tiempo, aunque los recuerdos sean gozosos. “Me gustó mucho. Me pareció muy guapa. Luego cuando comenzamos a hablar me resultó interesante. No sabía entonces que debajo de su melena ocultaba unos implantes cocleares”.

A partir de esa fiesta empezaron a quedar: una sesión de cine, a tomar algo, a cenar. Fue cuando Marta le contó que llevaba implantes, y que sin ellos no oía prácticamente nada: “Es una imagen que no se me borra. Me dijo que me tenía que revelar un secreto. Se echó el pelo para atrás y me mostró ese aparatito, del que yo apenas conocía nada”.

Todavía no habían intimado lo suficiente y sus encuentros eran la mejor forma de conocerse. Aunque Agustín estaba entusiasmado desde la celebración de aquel cumpleaños, pensaba que era mejor ir despacio si quería entablar una relación con Marta. La “confesión” le dejó un poco perplejo. Esa noche apenas pudo conciliar el sueño. Le dio por imaginarse situaciones y no tenía modo de resolver las dudas.

“Me interesaba esa chica. Así que decidí preguntarle, que me explicara. Quería saber todo sobre su sordera y sobre aquellos aparatos que a ella le hacían posible vivir con normalidad”, dice Agustín. La contestación de Marta se le quedó grabada para siempre en su memoria: “Quizá una buena idea para que aprendas es que estés a mi lado cuando sucedan esas cosas que tanto te preocupan”. Y así hasta ahora.


Soy sordo y te hablo en inglés

Más allá de títulos y certificados, Roberto se considera bilingüe. Su manejo del inglés tiene que ver mucho con su profesión de informático, aunque la base recibida en el colegio le haya ayudado bastante. “No era un colegio bilingüe, pero el nivel de idiomas extranjeros me ha permitido poseer un buen dominio del inglés, lo que me ha abierto más puertas en el ejercicio de mi vocación”, explica Roberto.

Es consciente de que el desarrollo de la tecnología ha permitido que los implantes cocleares evolucionen a gran ritmo. Sabe que hace unas décadas era muy difícil tener las mismas posibilidades que los normo-oyentes. “Y ahora podemos aprender inglés igual que ellos”, exclama cuando se le pregunta sobre el asunto. Pero no puede olvidar que los desvelos de sus padres están detrás de su formación y sus experiencias. Vale, disponía de aptitudes para asimilar la educación, pero el ambiente familiar favoreció sus ganas de saber. Tiene pendiente un viaje a Estados Unidos y fantasea con recorrer la América profunda, de costa a costa, con un coche alquilado.

En el mundo sordo se considera bilingüe a las personas que se expresan en lengua de signos y en lengua oral. Roberto es muy respetuoso aunque a la vez tiene las ideas muy claras: “A mí nunca me interesó aprender la lengua de signos. Consideraba, en cambio, que la lectura labial sí me ayudaba. Con el implante siempre me valió para llevar una vida normal. Sin embargo, en mi opinión, la lengua de signos te aleja de formar parte de la sociedad. Es una elección muy respetable y hay que apoyar su desarrollo. Pero para mí no es una opción”.


Benditos implantes

Se veía venir. Su abuelo había dado un bajonazo espectacular en lo que se refiere a salud en los últimos tiempos. Roberto asumía eso de que tarde o temprano todos nos vamos de aquí. “Nadie se queda para siempre”, comentaba las pocas veces que el tema salía. Él se llama Roberto en homenaje a él. Murió en su casa, rodeado de los suyos. No saben si era consciente de nada.

Roberto vivió todos los momentos desde que lo llevaron al tanatorio y luego al cementerio como si estuvieran pasando a cámara lenta. Lo que más le apetecía era quitarse el implante coclear y aislarse del mundo. Pero la presencia de familiares, amigos y gente que no conocía le obligaban a guardar un poco la compostura. En esos instantes solo le aliviaba la posibilidad del silencio.

Pasaron los días. Roberto cree que nadie se acostumbra a la ausencia de los seres queridos. El dolor siempre está ahí, aunque algunas veces se muestra más en la superficie. Llegó el día del funeral. Asistió mucha más gente de la que él pensaba. Su abuelo era una persona muy querida entre aquellos parroquianos.

Mientras él ocupaba un lugar junto a la familia, a una prudencial distancia se encontraba su núcleo duro de amigos. Alguno con implante coclear, como él. “Dios los cría y ellos se juntan”, dice el refrán. Pero en su caso tuvo que ver más con la casualidad y con la conexión emocional. Roberto nota que sus amigos llaman un poco la atención. Tiene unos segundos para abstraerse del duelo y dedicarle un pensamiento. Porque hay sordos que prefieren disimular el implante, con el pelo, un sombrero, una boina o una gorra. Pero otros no sienten ningún pudor. Rafa es uno de ellos: lleva el pelo rapado y el implante se le ve sí o sí. Antes de volver su corazón al recuerdo de su abuelo sonríe para sus adentros: “Benditos implantes”.


Un sordo al que echan del trabajo

Fueron unos años muy difíciles. Los despidos colectivos afectaron a muchas familias. ¿Quién no conocía a alguien implicado en algún Expediente de Regulación de Empleo? Roberto tenía amigos a los que la crisis, de alguna manera, se los había llevado por delante. Nunca imaginó que a él también le podía pasar. Su sector, el de la informática, no era el peor situado para afrontar los vaivenes de la economía.

Le pilló completamente por sorpresa. Primero le costó comprender que su empresa tuviera graves problemas. Después no aceptaba que nadie de su entorno se hubiera percatado. Cuando cayó la noticia bomba lo que se le vino a la cabeza es que ante un ERE “todos somos iguales, sordos y normooyentes”.

La compañía donde trabajaba era de un tamaño medio. Contaba con un comité de empresa que debía negociar con la dirección las condiciones del expediente. Roberto, sin demasiados conocimientos sobre derechos laborales, se interesó por las posibles protecciones frente a un despido. Entonces asumió que ese posible blindaje afectaba a los representantes de los trabajadores, que tienen derecho preferente a permanecer en la empresa si la medida no afecta a la totalidad de la plantilla. También están protegidos los empleados en función de los derechos fundamentales y las libertades públicas. Había otros supuestos, pero él no entraba en ninguno.

Todavía faltaba por saber qué criterios iba a aplicar la empresa y si él iba a estar o no en la lista de despedidos. Recurrió Roberto al asesoramiento de un amigo abogado, quien le explicó que los representantes de los trabajadores pueden establecer en el curso de la negociación una prioridad de permanencia (empleados con cargas familiares, mayores de determinada edad o personas con discapacidad). Tras meditarlo ampliamente, decidió no comentar esta posibilidad con el comité de empresa. Sordo, sí. Pero lleva una vida muy parecida a la de los demás gracias a su implante coclear. La mitad de los trabajadores tuvieron que salir. Él también. Pero al poco tiempo estaba trabajando de nuevo.


Yo quise ser informático

Su dedicación a la informática no es fruto del descarte. “Voy a ser lo más sincero que pueda -explica Roberto-. Me he dedicado a esta profesión porque es la que prefería. Nunca pensé que mi sordera me iba a privar de trabajar en lo que me gustaba. Podía haber estudiado Medicina o cualquier otra carrera. Pero he hecho lo que quería. Se puede decir que soy una persona afortunada”.

No ha querido Roberto especializarse en aplicaciones y programas para sordos: “Hay otras personas que se ocupan de hacerle la vida más sencilla a los que tienen discapacidad auditiva. Yo, en cambio, quería trabajar en un campo que no tuviera demasiado que ver con la sordera”.

Roberto se considera un privilegiado en materia laboral: “A pesar de mi implante coclear, o tal vez porque me permite competir en casi igualdad de oportunidades con las personas sin problemas de audición, no he estado prácticamente en el paro. Mis amigos dicen que soy bueno en lo mío. Pero no puedo olvidarme de que la mayoría de esta colectivo forma parte de las listas de desempleo, un 50%, según las estadísticas”.

Roberto es testigo de cómo las empresas desconocen la dificultad que las personas con discapacidad auditiva tienen para comunicarse con un grupo, para hablar por teléfono o cuando hay mucho ruido de fondo. Por eso, aunque él podría desenvolverse sin las medidas que garantizan el derecho a la igualdad de oportunidades de las personas con discapacidad, logró que en la compañía donde trabajaba se adoptaran una serie de modificaciones: buena iluminación para facilitar la lectura labial, el uso de mesas de reunión ovaladas para hacer posible mantener el contacto visual con los participantes en las reuniones y el acondicionamiento acústico para que se eliminara la reverberación. Lástima que la crisis se llevara tantas cosas por delante.


A un colegio normal

Roberto agradece la decisión de sus padres de llevarle a un colegio de normooyentes. Esa ha sido siempre la línea seguida: el implante coclear sirve para enfrentarse a la vida con las mismas posibilidades que las personas que no sufren una discapacidad auditiva. Ahora lo puede asumir y verbalizar. Entonces solo hacía caso de las indicaciones familiares.

Entre sus compañeros había algunos amigos de la urbanización donde residía. La adaptación apenas duró. No se encontró con ningún gracioso, al menos que lo recuerde. Y todo fueron ayudas. Se encontraba tan a gusto que a veces se olvidaba de que llevaba un implante coclear. Tanto los profesores como los alumnos le consideraban un buen muchacho.

Su capacidad para seducir, su amabilidad, que tantos éxitos le han procurado en sus relaciones, no le restaron ganas para enfrentarse a los estudios casi con fiereza. Competía consigo mismo. Cuando llegaban las evaluaciones y algún otro compañero le superaba en sobresalientes torcía un poco el gesto. Pero pronto se le pasaba el enfado y le valía el suceso como estímulo para intentar superarse.

Lo tuvo muy claro desde el principio. No iba a ser un portento en el fútbol, pero tampoco iba a dejar de practicar ese deporte en el recreo. Los que preferían otros juegos no gozaban del prestigio de la normalidad. Así que Roberto, tras negociación con sus padres, decidió quitarse las partes externas del procesador antes de cada partidillo. Además, llevaba como protección un casco de rugby. No le molestaba demasiado en verano pero cuando el calor apretaba era un incordio. Nunca tuvo un golpe del balón que le afectara. Sus recuerdos futboleros son agradables por que el balompié le permitió estrechar lazos con sus compañeros.