Casi nunca me acordaba de que llevaba audífonos

“¿Tengo un carácter distinto derivado de mi sordera? No lo sé. Supongo que habrá influido. ¿He podido superar el aislamiento del mundo y la desconfianza gracias a los audífonos? Claro que sí. Lo que no tengo claro es si la cierta prevención que mantengo ante las personas y los acontecimientos viene de fábrica o la he desarrollado a partir de mis problemas de audición”. Así explica José la posible influencia del uso de audífonos en su carácter.

José no es tímido. No puede serlo trabajando en un bar. Se considera reservado, pero con el suficiente ánimo para afrontar los problemas: “Hay que tener en cuenta que pasé mucho tiempo durante mi infancia en el bar de mis padres. Luego, cuando era joven, les ayudaba los fines de semana. Finalmente tuvieron que traspasarlo, pero yo seguí trabajando como camarero en distintos locales. Eso te da mucha capacidad para el trato con otras personas”.

Sus recuerdos de juventud no difieren especialmente de los de cualquier otro chaval. Quedadas con la gente de la pandilla, salir a divertirse los fines de semana (no todos): “Cuando mi trabajo me permitía acompañar a mis amigos en casi ningún instante me acordaba de que llevaba audífonos. Solo en ciertos lugares con la música alta y mucho ruido ambiente podía llegar a sentirme molesto”.

Las relaciones personales entran también dentro de los parámetros de la normalidad. Conoció a su mujer en una fiesta. Pasado el tiempo la pareja cuenta con un niño más en casa. José está encantado. “Si alguna vez me siento decaído -explica- pienso en ella y en mi hijo y pronto se me pasan las penas”.


Volver a la vida de antes del silencio

La infancia son recuerdos pasados por el tamiz de la memoria. A José los recuerdos le llevan al bar de sus padres, al ruido del tintineo de las copas y los vasos, a un mundo de mayores al que se acercaba con timidez. Hubo días en los que ambos progenitores tenían que dedicarse al negocio al mismo tiempo. Él cogía la mochila y se llevaba todo el material necesario para hacer los deberes y pasar la tarde en el bar. A veces, algún compañero se pasaba por aquel cuarto que hacía también las veces de almacén para ayudarse mutuamente y reírse un rato del mundo.

Uno de esos días, no recuerda la edad, pero sí el momento preciso, no se dio cuenta de que su madre le estaba llamando. Prefirió achacarlo a que en aquel local había demasiado ruido. Pero siguió ocurriendo. Entonces lo relacionó con un catarro mal curado, pero nunca se percató de que se estaba quedando sordo: “Supongo que es lo que hace todo el mundo, no querer enfrentarse a los problemas pensando que metiendo la cabeza como los avestruces desaparecen las complicaciones”.

En el colegio empezó a hacerse palpable que algo grave sucedía. “Llamaron a mis padres -explica José- para advertirles de ciertas señales que hacían presagiar un problema de salud. El director y los profesores no sabían si había algún problema de vista o alguna otra dolencia. Recomendaron a mis padres que me llevarán al médico”. Y eso hicieron, alternándose para tener cubierto el bar. No costó dar con el origen de los males: “Mi madre ya había detectado que yo no oía bien cuando ella se dirigía a mí. Tras algunas pruebas que a mí se me hicieron incontables comenzó una nueva etapa gracias a los audífonos que me recetaron. De alguna manera fue como volver a la vida, a la de antes del silencio”.


Me asusta el silencio

Sabe José que su trabajo no ayuda: “Siempre me he ganado la vida como camarero, primero en el negocio de mis padres, y después en sucesivos locales. El ruido a veces puede volverse infernal. La maquinita de las tragaperras, las conversaciones de los clientes, la televisión… en fin, que ya me he acostumbrado, pero en ciertas ocasiones me gustaría que los audífonos fueran superpotentes pues el ruido ambiente no me permite comunicarme con normalidad”.

No siempre es así. Hay momentos valle, de cierta tranquilidad, pero al dueño del bar lo que le interesa es el bullicio para hacer caja. “Los desayunos, por ejemplo, son un alboroto -explica José-. Luego viene un tiempo de cierto desahogo. Las comidas, otra vez el jaleo. Y la tarde-noche se lleva la palma del jolgorio”.

José usa mucho la lectura de labios en los momentos más comprometidos: “Por cómo veo gesticular a algunas personas, también a los que no tienen discapacidad auditiva les cuesta mantener una conversación normal en ciertas ocasiones”.

A veces piensa en buscar otro trabajo, pero recapacita. “El ruido es un factor negativo. No hay duda. Pero a mí me gusta mi oficio de camarero. Además, creo que no sabría hacer otra cosa o que me costaría mucho acostumbrarme a otros ritmos”, comenta.

Y llega el momento de salir, de regresar a casa: “Vivo cerca del bar. Suelo desplazarme andando. Al salir, según me voy alejando, se van apagando los murmullos en mi cabeza. Entonces el silencio se hace dueño de todo el espacio. Es una sensación rara, a la que no me acostumbro. Porque en el fondo me asusta el silencio, me recuerda a los momentos en que empecé a notar que no oía bien”.


Aprender jugando

Coincidiendo con el Día Internacional de la Infancia, el 1 de junio, el Pabellón Infantil de la Feria del Libro de Madrid, en el Parque del Retiro, acogió la puesta en escena de “El Cuentacuentos escacharrado”. Organizada por la Asociación “CLAVE, atención a la deficiencia auditiva”, la actividad contó con el ilustrador Álvaro Núñez como narrador y dibujante.

El interior de la carpa se llenó de familias, de carritos, de niños de distintas edades dispuestos a disfrutar. Álvaro se las sabe todas y dirige la función con maestría, capta la atención y deja el mensaje. Porque de lo que trata este cuento ilustrado en directo es de que los más pequeños tomen conciencia de la necesidad que tenemos de comunicarnos bien. Todo esto jugando, porque Álvaro sabe bien como interactuar con su exigente público.

Álvaro incorporó a la historia las ocurrencias de los niños y al final pidió la participación de todos para que terminaran de dibujar el cuento. Es la mejor manera de conocer valores y que los niños aprendan mientras se divierten.