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Toda una vida con el implante

Lo siente casi como una parte más de su cuerpo. El proceso de adaptación lo tuvo siendo un bebé. No recuerda nada de esos momentos. Para él la vida siempre ha sido con un implante coclear. Tanto en las fotos de su más tierna infancia como en los vídeos siempre aparece con el implante. Menos borrosa en su memoria está la terapia de sus primeros años. Ya entonces comprendía su necesidad para ponerse al mismo nivel que los otros niños, los que no llevaban ese aparato.

“A mí me gustaba estar en todas las salsas. Y no quería privarme de nada. No me consideraba, ni mucho menos, un niño distinto -habla Roberto sobre sus primeros años-. A la hora de jugar, yo el primero, a lo que fuera. Pero si tengo que ser sincero, casi nunca ponía toda la carne en el asador. Un cierto temor a que podía pasar algo con el implante me hacía reservarme. No mucho. Nadie lo notaba. Solo yo sabía que tomaba ciertas precauciones”.

Siempre le gustó la natación. Desde que no sabía ni andar. A pesar de que sus padres le quitaban el implante para meterse en la piscina y perdía entonces el contacto con el mundo sonoro. Pero no era un silencio extraño. Porque estaba asociado a instantes de plenitud. Quizá por eso nunca ha querido usar implantes resistentes al agua ni adquirir accesorios para poder sumergirse en el agua.

Roberto es una persona extrovertida a quien le gusta el trato con los demás. Tiene, no obstante, una manía. Algunas veces (lo hace en la intimidad de su hogar), cuando quiere no pensar en nada, relajarse por completo, se quita el implante. En estos momentos no le molesta el silencio. Es poco el tiempo que necesita. Luego vuelve a la carga, de alguna manera renovado.


El ejemplo de los deportistas

Con moderación, porque Silvia es persona prudente, pero le gusta probar. Cree que ni aunque tuviera una audición perfecta se inclinaría por los deportes de riesgo. No le encuentra el aliciente al aventurerismo peligroso. Ella es más de deportes sociales. En su infancia y juventud no era aficionada a ninguno en general. Ahora, tras un escarceo con el ciclismo, se ha decantado por correr. Empezó con unas series suaves pero ahora le dedica cerca de una hora todos los días. Se siente libre y le viene bien el ejercicio para su salud.

Gracias al deporte Silvia conoce gente. Uno de los nuevos amigos del running, Sebastián, le habló de Derrick Coleman, jugador de fútbol americano de los Seahawks de Seattle, que lleva audífonos desde los tres años. Su discapacidad auditiva no le ha privado de entrar en la élite del deporte y formar parte del equipo que ganó la Super Bowl en 2014. Sebastián le explicó que el propio Coleman había declarado que sin audífonos bajaría mucho su nivel en el campo de juego.

Otra deportista de la que Silvia tiene noticia es Eunate Arraiza, jugadora de fútbol, del Athletic. Lleva un implante coclear que no le impide rendir al máximo nivel y haberse convertido en internacional. Estos ejemplos animan a Silvia a seguir disfrutando con su preparación física. Cuando Silvia tiene alguna duda, sobre la práctica del deporte u otra cuestión, acude a su centro auditivo de confianza para así poder resolver sus problemas.

A veces, cuando corre, ocupa su mente en imaginar un mundo mejor, sin niños enjaulados en las fronteras, sin personas hacinadas en un barco huyendo de la desesperación, y también en un jarabe mágico que pudiera quitar la sordera. A pesar de su pragmatismo, Silvia se regala así una dosis de ensoñación.


Yo fui la lideresa sorda

No es de mirar atrás. Silvia está reñida con la nostalgia, para lo bueno y para lo malo. Piensa que regodearse demasiado en el recuerdo nos puede llevar a no avanzar, a no hacer planes, a dejar de pensar en el día a día. Es una mujer práctica, pero no por ello pasa página sin más.

En su estilo de vida no cabe la falta de reconocimiento de lo que ha sucedido, aunque no se pare mucho a profundizar en determinadas circunstancias. No quiere rememorar sus primeros problemas con la audición. Pero lo que no puede olvidar es a aquellos que brindaron su protección, su entrega.

Hasta que se puso los audífonos y pudo volver a formar parte del mundo de una manera más natural, sus padres siempre estuvieron allí. “Alguno pensará que es lo que hacen todos los padres -explica Silvia-, pero en su caso considero ejemplar el comportamiento. Porque supieron guiarme (era una niña) pero sin sobreprotegerme. En su mente estaba que yo alcanzara autonomía”.

Sus dos hermanos, más jóvenes, siempre la tuvieron como referente, por su fortaleza, por su ánimo. Ellos crecieron fijándose en el ejemplo de su hermana, a la que adoran. “Yo fui para ellos la lideresa sorda”, se permite la broma Silvia.

“¿Cómo hubiera sido mi vida si los amigos me hubieran dado de lado por llevar audífonos, que no son muy fashion que digamos? Porque estas cosas ocurren. O si me hubieran hecho la vida imposible en el trabajo”, comenta Silvia. Porque es consciente de que hay otras personas como ella que sufren discriminación e incluso burla.


El sordo tiene que contar lo que le pasa

“La juventud es una enfermedad que se cura con los años”. Esta frase, atribuida al dramaturgo irlandés George Bernard Shaw, autor de la famosa obra Pigmalión, provoca en Silvia emociones encontradas. A sus años, todavía se siente vital, pero un poso de mesura preside sus acciones. De ella dicen sus amigos que tiene la cabeza bien amueblada. “Quizá, tal vez tengan razón”, piensa, pues necesitó mucha paciencia y sentido común para competir en su vida profesional y para relacionarse con su mundo. “Por muy bien que me haya ido, sigo siendo sorda”, explica Silvia.

Su juventud, la de verdad, la cronológica, transcurrió más o menos como ella mismo esperaba. Ya acostumbrada plenamente a los audífonos, disfrutaba sobremanera formándose, con el objetivo de ser mejor cada día. Pero no descuidó las actividades con sus amigos. Se divertía como la primera, aunque prefería evitar las discotecas o ciertos conciertos de música, porque allí no se sentía tan segura. No controlaba tanto y se sentía algo perdida.

A esas alturas de la vida estaba plenamente integrada socialmente. Quizás alguien hacía bromas sobre ella, algún desconocido. Pero no le llegaban apenas comentarios hirientes. Su entorno era muy respetuoso y solo encontraba empatía. La normalidad era lo habitual. Tuvo alguna relación sentimental larga, pero no había cuajado lo suficiente como para formar una familia.

Ahora siente un poco haberse centrado demasiado en ella. No haber participado como voluntaria en alguna asociación, haber ayudado a otros con menos suerte que ella. Se lo están pensando, porque considera que lo más importante es que la sociedad sepa que hay gente con problemas. En este sentido, le llamó mucho la atención que el actor y director Santiago Segura contase en su momento que sufría tinnitus. Le gustó. “Hay que ser valiente y contar lo que te pasa. Con eso seguro que ayudas a otros”, cree Silvia. Y en ello está pensando: cuál es la mejor manera de ser solidaria.


La sordera y el mérito

Dicen que la memoria es sutil, que la gente hace trampas para endulzar sus recuerdos. Particularmente con la infancia, un pequeño instante que tendemos a adornar. La nostalgia pueda jugar malas pasadas, pero no es el caso de Silvia. Hay dos épocas en su infancia muy definidas y marcadas por el hilo que separa la sordera de la audición. Tal vez también porque sus problemas empezaron pronto, aunque ella no lo puede situar en una edad determinada. Y luego, ya no en la nebulosa, aquellos momentos cuando pudo empezar a llevar una vida más normalizada. Silvia evitaba algunos juegos, como saltar a la comba, para no tener que quitarse los audífonos. Se aferraba a ellos porque no quería volver a lo de antes, al caos, al desorden, a los ruidos ininteligibles.

Aunque había recuperado la capacidad de oír, no todo era de color de rosa. Igual que en colegio, entre los niños del barrio había un runrún cuando ella aparecía. En líneas generales el trato era mejor, porque se conocían desde pequeñitos e incluso había cordialidad entre las familias. Pero nadie se libra del cafre de turno. De aquellos años previos a la adolescencia le gusta rememorar la camaradería con dos niñas: Ana y Lidia. Pasado el tiempo se perdió la pista. Sonríe cuando se acuerda de ellas.

Nunca dejó los juegos, pero se volcó en los estudios. No porque le diera miedo lo que había afuera. Es que disfrutaba aprendiendo. Su voracidad intelectual era mayúscula. Y gracias a esa dedicación pudo triunfar desde joven en el mundo profesional. Poco a poco. Con tenacidad. Su capacidad de asimilar nuevos conocimientos era mayúscula. Y se adapta al medio. Y sabe vencer las dificultades. “Tiene más mérito -se dice a sí misma- porque soy sorda”.


Cuatro ojos y sordita

A algunos no les parece que cualquier tiempo pasado fue mejor, como dice el famoso poema de Jorge Manrique. Silvia es de estas personas. Vive el presente con firmeza, con sueños, pero aferrada al día a día. No es que reniegue de su pasado, de su vida, pero para ella ese territorio sutil de la infancia no fue tan idílico. No le molesta el recuerdo, porque su existencia no puede catalogarse con colores extremos. El blanco y el negro suelen esconder matices. Y a lo largo de sus años ha habido de todo: la mayor parte ha sido bueno.

No sabe Silvia situar el momento en que empezó a tener problemas en el colegio con la audición. Se acuerda de las visitas a los médicos, pero no sabe a qué edad exacta comenzó todo, ni quién se dio cuenta. Luego no ha querido preguntar sobre su entonces incipiente sordera a su familia, ha sabido aceptarlo y prefiere mantenerlo en una bruma.

Por hay cosas que nunca se olvidan. Esas burlas de otros niños. No todos. No siempre los mismos. A partir de cierto momento quedó palpable que Silvia no se enteraba muy bien de lo que decían los profesores. Una palabra corrió como la pólvora: sorda. Esa nueva característica se añadía a sus gafas. “Ciega y sorda, pues vaya compañera” o “Cuatro ojos y sordita”. Ella tenía que escuchar lindezas de este tipo. Al poco tiempo se esfumaron los insultos. Ahora cree que la dirección del colegio intervino. Tal vez a instancias de sus padres.

Silvia tiene una personalidad fuerte. Pero todo el mundo necesita apoyo, sobre todo a determinadas edades. Confiesa que el cariño, el respeto y la ayuda que encontró en su familia han ayudado bastante a que hoy sea una mujer de éxito.


A veces me olvido de que llevo audífonos

Veinte años después ya no se considera una novata. Por supuesto que ahora no toleraría alguna broma fuera de tono. Eran jóvenes, como ella, ese par de gamberros. Ya no trabajan en la compañía. Las burlas duraron muy poco. Hasta que fueron pillados con las manos en la masa por uno de los jefes.

Le molestó aquel suceso, pero no lo recuerda con especial hostilidad. Los dos muchachos, casualmente uno rubio y otro moreno, como Zipi y Zape, se dirigieron a ella para pedirles unos datos que obraban en su poder. Mientras ella buscaba la documentación, ellos comenzaron a simular que estaban hablando. Solo movían la boca y gesticulaban. Silvia se puso nerviosa y empezó a accionar el volumen de los audífonos. Nada. Solo el silencio. Tras unos momentos de desasosiego, ella les miró muy enfadada. Ellos se marcharon riendo. Solo repitieron la broma una vez más. Pero fueron sorprendidos. Desde entonces nadie ha osado burlarse de su discapacidad. Solo ha encontrado respeto y mucha ayuda por parte de la mayoría de sus compañeros.

El ambiente ha sido tan propicio para el crecimiento personal y profesional que Silvia, que empezó como secretaria (ahora se llaman secretaria de dirección) ocupa un cargo de máxima confianza junto al director general de la empresa. Asesora en materias importantes. En la administración pública el rol que desempeña se llama jefatura de gabinete. A Silvia le dan igual los nombres. Ella ha llegado lejos, con dedicación y mucho esfuerzo. A veces, algunas veces, olvida incluso que lleva audífonos, que sin ellos no podría desenvolverse con casi total normalidad. Y también sabe que ella ha tenido la suerte de la que otros en su situación carecen.


Tengo trabajo

Silvia es consciente de la suerte que tiene. Las cifras sobre el paro entre las personas con sordera oscilan, pero las más optimistas las sitúan en el 40%. Ella tiene muy claro que estamos ante un caso de discriminación, y que a las autoridades corresponde solucionarlo y a las distintas asociaciones reclamar que se hagan efectivos los derechos que les corresponden.

Muchas personas sordas trabajan en centros especiales porque los obstáculos para encontrar empleo son incontables. El primero es la entrevista de trabajo. Silvia recuerda la única que realizó, en la empresa donde lleva veinte años. Iba asustada. Recuerda que pensó en arreglarse el pelo para que no se le vieran los audífonos, pero apostó por ella misma, por sus condiciones, por su formación. Tenía sus reservas: para trabajar de secretaria y coger el teléfono con frecuencia al cabo del día igual no era considerada la persona más idónea. Su desparpajo y elocuencia convencieron al entrevistador, el director de Recursos Humanos. A fin de cuentas, había un periodo de prueba donde podría demostrar su preparación.

Por supuesto que estaba asustada. No siempre las ganas se corresponden con las acciones. Ella tenía un cierto hándicap para comunicarse con sus compañeros o para hablar por teléfono, herramienta clave de su puesto. Hubo días que lo pasó mal, pero su empeño valió la pena. Superó el periodo de prueba y continuó ejerciendo como secretaria.

Como Silvia se desenvuelve con casi total normalidad no hubo que realizar adaptaciones técnicas en la oficina para que realizara sus funciones. Pero sí aconsejó a la dirección de la empresa que tomaran algunas medidas para la comunicación, como una buena iluminación para facilitar una posible lectura labial. La sala de reuniones ya contaba con una mesa redonda. Menos caso le hicieron cuando habló de cambiar los materiales para procurar la absorción del sonido. Ella considera que el balance en la relación con la empresa es positivo.


Ya parece que remiten los acúfenos

Puede que sea la ilusión o que se está acostumbrando a los pitidos y los siente menos. Lo cierto es que Manuel está más ilusionado porque cree que los acúfenos están bajando de intensidad. La convivencia con los acúfenos empieza a ser razonable. No es que quiera mantener la “relación”, pero considera que si puede ser llevadera, él saldrá ganando.

En algunos de los momentos más desesperados, Manuel consultaba internet con el propósito de dar con alguna solución. De todo encontró y no estaba seguro si todo era fiable: de tratamientos con hierbas medicinales a hipnosis pasando por la acupuntura. Le llamó la atención la terapia de electroestimulación coclear transmastoidea. Lo archiva en su memoria porque quiere saber si es una terapia que no causa dolor y si precisa medicación complementaria. Para preguntar al otorrino en la próxima cita.

Él ha comprendido que por su parte lo mejor que puede aportar a la lucha contra los pitidos es la tranquilidad. Las estadísticas ahora le ayudan para que florezca el optimismo: en un 75% de los casos los acúfenos desaparecen o disminuyen notablemente. En su caso no sabe aún si es una enfermedad o un síntoma de otra cosa.

Sueña con ese día que pueda coger el sueño sin ruidos extraños que parecen brotar de su interior, con volver a esos largos ratos de lectura relajada. Siente Manuel que puede volver a ser el de antes. El buen ánimo es muy importante para enfrentarse a los problemas. Él lo sabe.


Los acúfenos no tienen la culpa de todo

Lo que le faltaba. Ha perdido el móvil. La culpa no la tienen los acúfenos, pero la racha que lleva es para hacérselo mirar. Aunque no sabe a quién dirigirse para limitar los efectos de su mala suerte. Manuel es una persona positiva que suele sacar fuerzas de flaqueza en los peores momentos. Ahora le está costando, pero planta cara. Busca no caer en la desesperación. Le han recomendado que practique con técnicas de relajación. Ha de evitar, por todos los medios, entrar en bucle, pues estrés y acúfenos se retroalimentan. No descarta incluso acudir a psicoterapia.

— ¿Es que vosotros no los oís? ¿Cómo puede ser que yo sea el único que tenga el privilegio de sentir diariamente esta sinfonía de pitidos? —comenta Manuel siempre que tiene ocasión a sus amigos. La ironía no le abandona. De alguna manera se puede decir que le está salvando.

Ha repasado una y otra vez lo que se dice de las causas y los factores de riesgo. Aunque a veces la procesión puede ir por dentro, no es Manuel de las personas a las que el estrés o la ansiedad le afecten demasiado. Su sentido común le hace llevar una vida más o menos ordenada con lo que evita los efectos del signo de los tiempos. Ni ha probado sustancias tóxicas ni tiene altos los niveles de colesterol o hipertensión.

Lo que es inevitable es que siente haber perdido calidad de vida: está irritado, duerme mal y no controla la paciencia como en sus mejores momentos. Sabe que no es de los que se hunden, pero tiene que aprender a convivir con los acúfenos. Y ahí está. Luchando. Como siempre.